viernes, 18 de julio de 2008

Reevaluación de Leonel Rugama

(Fragmentos de las memorias de Ernesto Cardenal que van a ser publicadas)

—Ernesto Cardenal—


Cuando el terremoto de Managua sentí que el extenso poema que estaba escribiendo también se había venido al suelo. Era sobre Leonel Rugama; y había escogido esa figura porque se prestaba para hablar del tema Cristianismo y Revolución. Leonel Rugama había sido seminarista y después fue revolucionario, además de gran poeta; ingresó a la guerrilla urbana, y murió a los 20 años, gritando ante un batallón de guardias: “¡Que se rinda tu madre!”. El poema, que ya lo llevaba como a la mitad, necesariamente hablaba mucho de Managua, ¿pero cómo seguir haciéndolo si ya no había Managua? Además con la depresión que tenía por la destrucción de Managua pensaba que no podía dejar de hacer un poema grande sobre el terremoto. ¿Pero cómo podía hacer dos poemas a la vez: uno sobre Rugama y Managua (que ya no existía), y otro sobre la destrucción de esa Managua? Pensé que debía unir los dos temas en uno, y así el poema se hizo el doble de largo, y fue publicado con el título “Oráculo sobre Managua”. Por eso lo que llevaba escrito lo tuve que modificar desde la primera línea: Detrás de la Fábrica de Hilados y Tejidos (si ha quedado la fábrica tras el terremoto) Y sigo poco después: están o estaban las huellas... Son las famosas huellas de Acahualinca: de una población que hace 6.000 años fue huyendo de una erupción y dejaron impresos sus pies en una ceniza volcánica después petrificada. Y allí mismo era el barrio de Acahualinca, el más miserable de Managua. Rugama escribió un breve poema irónico en el que dice que los seminaristas “íbamos de PASEO / a las huellas de Acahualinca”, y después dice que los seminaristas en 1969 (y esto es el año antes que lo mataran) “van de PASEO / a las huellas de Acahualinca”. Implicando que no veían la miseria, y también que él ya no estaba entre ésos. En mi poema describo ese lugar junto al lago, de casas de cartón y latas, donde desembocaban las cloacas sin acabar de llegar al lago; el lago con algodones, papel de inodoro, algún condón; las chozas donde descargan (o descargaban) la basura de Managua; una llanura de latas, papeles, plástico, vidrio, esqueletos de autos; la luna rielando sobre la mierda... De este otro Acahualinca, que no es ningún lugar de paseo, trata el famoso poema de Rugama “La tierra es un satélite de la luna”, que ha sido traducido a muchos idiomas. Lo escribió en ese año 1969 que menciona en su epigrama, que es cuando llegaron a la luna, y lo habrá escrito poco antes de su muerte. Allí dice que la nave espacial Apolo 2 costó más que el Apolo 1, y el 3 más que el 2, y el 4 más que el 3, y el 9 más que todos juntos, y los bisabuelos de la gente de Acahualinca tenían menos hambre que los abuelos, y los abuelos menos que los padres, y los padres menos que los hijos... Y termina diciendo: “Bienaventurados los pobres porque de ellos será la luna”. Por eso en mi poema sobre Rugama y el terremoto tenía que hablar mucho de Acahualinca. Digo que Managua sin luz, sin comida, sin agua, fue toda ella una gran Acahualinca. También digo en otra parte que conoceremos a Dios cuando no haya Acahualincas. (Por cierto que la revolución acabó con Acahualinca: ha quedado el nombre del lugar pero no la miseria). En el poema hablo extensamente de la revolución, intercalando frases de Rugama, como él en sus poemas había metido frases mías. Cito su frase de que no hacer la revolución es suicidio; y que la revolución interior y la exterior son la misma; y que el revolucionario es un santo militante; que con la entrega de nuestra vida damos vida; que no debemos esperar a que nos liberen otros. Hablo de su entrada a la clandestinidad, que él llamo las Catacumbas. Describo la muerte de Julio Buitrago, seis meses antes de la suya (casi en la misma fecha en que llegaron a la luna) y que él también describe en un poema. Y que fue televisada por Somoza: cienes de guardias con ametralladoras y camiones, tanquetas, aviones y helicópteros, embistiendo contra una vivienda; y cuando de ella no sale ni un tiro más, descubren que había sido un sandinista disparando solo. La trasmisión fue suspendida inmediatamente para anunciar un jabón. (Durante el gobierno sandinista la Fuerza Aérea todos los 15 de julio bombardeaba con flores esa casa). Después describo la muerte de Leonel Rugama en un combate similar, basándome en una crónica del diario La Prensa. Eran tres, de 18, 19 y 20 años (el mayor era Leonel) cercados por el batallón élite de Somoza, con jeeps, buses, camiones, ametralladoras, tanquetas, cañones, guardias aun a varias cuadras de distancia, y arriba una avioneta y también un helicóptero, sin que el ejército supiera cuántos eran los que estaban disparando en aquella casa. Y los tres murieron sin rendirse. Allí están los reportajes y las fotos la canción de gesta fue un periódico (que se llevó el viento. La casa ya toda acribillada a (balazos y cañonazos ahora tiroteo esporádico tiros desde el interior (débiles) Plap... Plap... Plap... Silencio. Otra granada Y grita un militar: “!Ríndanse (que están cercados!” allí fue que gritaste dicen ¡Que se rinda tu madre! y ya eran miles los (espectadores viendo la película pueblo, montón de pueblo, el pueblo por (el que morían Después del triunfo de la revolución el Padre Teófilo Cabestrero publicó una excelente biografía de Leonel Rugama, en la que nos revela cómo se conciliaron en él cristianismo y revolución. Francamente de eso no sabíamos nada, solamente que primero había sido seminarista y después marxista. El Padre Cabestrero nos cuenta que Rugama siguió visitando el seminario periódicamente; llegaba a ver a los que habían sido sus condiscípulos y profesores, y a conversar con su antiguo director espiritual y a confesarse con él. Dos días antes de su muerte, cuando tenía las más estrictas medidas de seguridad porque había asaltado bancos y lo perseguían, llegó a almorzar al seminario, y lo vieron alegre, centrado y feliz. Comentando su muerte, su director espiritual y confesor, el Padre Talbot, dijo que su fe había crecido en la lucha. Hijo de un campesino y una maestra rural, de niño había sido monaguillo con su sotanita roja. Estuvo en el seminario de los 12 a los 16 años. Lo recuerdan chistoso, jodedor, uno que nunca estaba triste, siempre sonriente, haciendo bromas y payasadas; jugador de fútbol y ajedrez, por las mañanas corría y levantaba pesas; también era muy puntual, se bañaba y se vestía rápido y era el primero en estar en la capilla. No le gustaba la sotana y en vacaciones se la ponía poco. Un amigo dice que no tenía aspecto de cura sino de karateca. Nunca dijo a su familia por qué dejó el seminario. Pero quedó yendo diariamente a misa. Los jueves iba al culto al Santísimo. Leía el Evangelio en la misa del domingo. Muchas veces andaba con una Biblia bajo el brazo, y se la llevó a la clandestinidad. Algunos amigos que tuvo en el seminario en aquel tiempo, dicen que lo dejó porque empezó a tener un cristianismo diferente. Veía que el cristiano debía ser revolucionario; y fue uno que se anticipó a la Teología de la Liberación. El Padre Cabestrero cuenta que cuando salió del seminario dijo simplemente: “Ando pensando que tengo que hacer algo”. Y después llegando de visita ya en la guerrilla, dijo: “Allá, con ésos encuentro el camino para hacer algo”. En ese año en que salió (1966) escribió un poema en el que dice que es cristiano, y que no es de pendejos ser cristiano. En esa época tuvo una etapa bastante mística, dicen sus amigos. Y lo recuerdan de sandalias y sin calcetines, con un pantalón azulón desteñido y camisa Ban Long, y pelo largo (esto anterior a los hippies). El Padre Cabestrero hizo una investigación exhaustiva sobre Rugama, entrevistando a cincuenta testigos inmediatos. Entre ellos, uno de los amigos más cercanos le dijo que nunca lo vio mantener tesis marxistas en contra de sus principios cristianos. Lo que era inusual en aquel tiempo. Manejaba la teoría revolucionaria y a la vez sus convicciones cristianas. Más bien, para él no había separación entre cristianismo y revolución. Y otro, que también salió con él del seminario, dice que nunca manifestó ser ateo. Cuando ya más tarde Rugama estaba metido en sus actividades revolucionarias en la universidad de León, un amigo suyo que era del Partido Comunista y de un ateismo sectario, le preguntó a quema ropa (porque estaba muy intrigado por ello) si creía en Dios o no. Rugama lo quedó viendo y sonrió, y no dijo nada. Se me hace que quien no cree en Dios lo habría dicho sin más. Y quien cree, lo habría podido callar. Pero claro, atacaba a la Iglesia por estar con los terratenientes “que estaban jodiendo al pueblo”. Los curas debían dejar sus ritos, y ver los problemas del pueblo. “Y volarles verga a los ricos en el púlpito”. Más tarde habría el Movimiento Cristiano en el que los jóvenes se incorporaron masivamente al Frente Sandinista. Rugama es de los que antes lo hicieron solitariamente, y fue el ejemplo más destacado de ellos. Por Cabestrero he sabido que Rugama un tiempo estuvo queriendo ir a Solentiname. Le anduvo dando vueltas a eso. “Quiero viajar a Solentiname”, decía. Un amigo dice que le influí. Y que leía a Merton. Cabestrero reproduce una página de una de sus libretas en la que hay tres títulos de poemas míos y junto a ellos puso esto que es divertido: = Poesía % También leía mucho la voluminosa antología de poesía norteamericana que tradujimos José Coronel Urtecho y yo. Después cuando entró a la clandestinidad, lo de Solentiname lo usó para despistar. A su familia le había hecho creer que se iba a Solentiname. A uno de sus mejores amigos, la última vez que lo vio, le dijo: “Mirá, decile a mi papá que me mande unas chancletas, que estoy en Solentiname”. A ese amigo también le dijo esa vez: “Si tal vez por algún motivo hablás de mí, hablarás de un muerto, y en mi nombre hablá de toda esa gente que está sufriendo hambre”. Él estaba obsesionado por los que sufrían hambre. De pequeño a veces decía en la mesa: “Nosotros estamos almorzando y hay niños que tienen hambre”. El hambre es el tema de su poema de Acahualinca. Hay un poema en que dice que ahora está en las Catacumbas, y que está decidido “a matar el hambre que nos mata”. Y eso mismo repetía él en las Catacumbas, que había que matar al hambre que nos mata, porque él decía en su vida real lo mismo que escribía en sus poemas y viceversa. “Yo vi llorar a Leonel”, dice el Comandante Omar Cabezas, amigo de él en las Catacumbas. “Lo vi llorar hablando. Conversábamos sobre la pobreza. Me hablaba de los niños pobres y lo vi llorar. Y se le saltaron las lágrimas a Leonel. Disimuló el jodido, hijueputa, como si se avergonzara de que yo lo viera llorar. Hizo como que se limpiaba el sudor, pero lo vi llorar detrás de los anteojos”. En León era amigo de los lustradores que llegaban a la universidad no tanto a lustrar zapatos sino a pedir y a jugar, y algunos de esos chavalitos limpiabotas combatieron en la insurrección y posteriormente en los batallones de defensa de la revolución. El no menospreciaba a los lumpen, que no pueden ser revolucionarios según los manuales, y es a ellos a los que convoca en su más importante poema “Como los santos”, llamándolos a vivir como él trataba de vivir ahora que estaba en las Catacumbas: como los revolucionarios, “como los santos”. Su vida en las Catacumbas fue en la universidad de León, donde fingía ser estudiante, y en Managua. Andaba siempre con unos periódicos bajo el brazo, y envuelta en los periódicos su 45. Los periódicos también le servían para dormir; porque podía dormir en cualquier parte, en las bancas del parque, en las aceras. Muchas veces sin casa, ambulante en los cafés, sin un estudio donde escribir (él que escribía torrencialmente), sin biblioteca (él que leía a mares): quién sabe cómo hacía. Dormía donde le agarraba la noche, y comía donde lo invitaban a comer o no comía. Las cosas de comida que le enviaba su mamá desde su natal Estelí, las repartía inmediatamente. En León lo invitaban al cine –que le gustaba mucho– porque no gastaba ni un centavo de los fondos de la organización que él manejaba. No gastaba ni para comer, sino que pedía. Una vez le propusieron ir a una fiesta de estudiantes, y dijo que no porque costaba 10 peso, y eso eran 10 balas para la organización. “No tenía cosas propias. Nunca le vi más ropa que la que andaba puesta”, dice uno de sus compañeros de lucha. Lo recuerdan siempre sucio, con su blue-jean y las mismas camisas; la Ban Long es la famosa que todos recuerdan. ”El chaparro que anda siempre la misma ropa”, decían en León. Era atlético, pero bajo, y no era guapo; menos lo era con sus anteojos gruesotes, verdes, como de soldador. “No le conocimos romances ni aventuras amorosas”, dice el poeta Napoleón Fuentes, compañero de esos días de León. El Padre Cabestrero descubrió que antes de las Catacumbas, cuando aún estaba en su pueblo Estelí, Leonel iba mucho a los burdeles. Pero sobre todo le gustaba conversar con las prostitutas, y trabajar por su liberación. Les decía que no vendieran su carne por libras. (Ellas son de las que él con más cariño convoca a la revolución en su poema “Como los santos”). Pero allí cada uno hacía las cosas por su lado, y si Rugama se acostó con una puta, los amigos no lo tienen muy claro en sus recuerdos. El Padre Cabestrero me contó que con toda la información recaudada, no estaba seguro de que cuando murió a los 20 años luchando contra un ejército, Rugama no hubiera muerto virgen. Si entre los jóvenes salía el tema sexual, sus amigos dicen que no lo rechazaba ni lo profundizaba, sino que quedaba callado. En un regreso al seminario unos seminaristas le preguntaron: “¿Ya tuviste experiencias sexuales?, ¿Qué es lo que sentiste?”. Él no contestó nada. A propósito, Cabestrero registra esta anécdota de uno de los amigos de Leonel, como de 18 años. Estaban en una casa de seguridad, y hablaban de la posibilidad de que la casa hubiera sido detectada. Esa noche algunos también hablaron de sus experiencias sexuales, y dijo el muchacho: “¡Puta!, y yo que me voy a morir sin haberlo probado!” Poco antes de morir Rugama dijo que quería formar un grupo de poetas guerrilleros para demostrar que los intelectuales “socan”. Para él esto era importante porque siempre insistió en que las cosas sólo cambian con la acción. A Pablo Antonio Cuadra le escribió: “Todo hombre debe respaldar con actos cada palabra que utilice”. Después de salir del seminario había dicho, hablando del culto religioso, que la veneración de los santos era tratar de ser santos. Y así es que él, en su poema “Como los santos”, convoca a vivir como los santos (como revolucionarios) al carretonero, al carbonero encontilado, al aseado chofer particular, camionero polvoso, busero gordo, cipote vende chicles, a los lustradores vulgares (o sea mal hablados) aunque a él le digan que más vulgar es su madre (como una premonición de la mentada de madre con la que él con un humor nica iba a morir gritando), a la verdulera nalgona, la negra vende vigorón, la vende chicha helada, las mondongueras, las cantineras, y las putas, y las putas viejas y tetonas, y las putas iniciadas ... “¡Ya platicamos! AHORA VAMOS A VIVIR COMO LOS SANTOS”. Por esta enumeración (y es mucho más larga) se puede ver que la poesía de Rugama está empapada de pueblo. Nosotros hemos tenido en Nicaragua una poesía, que hemos llamado exteriorista –de la realidad concreta, exterior, objetiva, y con un lenguaje claro y directo, a menudo conversacional– y cuando leí las primeras veces a Rugama en el periódico antes que lo mataran, sin saber aún nada de él, pensé que ese muchacho exageraba el exteriorismo, que lo habíamos influido pero que ya como que se pasaba de la raya. Pero mientras más lo leía me iba gustando más y más; ahora 30 años después, todavía me gusta más cada vez que lo leo. Pienso que es el más exteriorista de todos nosotros. Y el más audaz. Ciertamente extremó el coloquialismo hasta lo indecible; fue popular hasta ya no poder ser más. Se puede notar en él las enseñanzas de la poesía norteamericana que nosotros habíamos traducido, sobre todo en cuanto a tomarse todas las libertades. Me parece que es el único poeta en el mundo que escribe como chavalo, escribe como lo que él es, porque fue chavalo hasta su muerte, aun escribe con incorrecciones como un chavalo hablando, y con vulgaridades; a veces parece que es un lustrador el que escribe. Y sus recuerdos de infancia los escribe como niño; por ejemplo aquel poema en que dice que todos los niños amaban a la maestra, “pero la maestra, se casó con un señor”. (Un avance en la poesía conversacional). Es más: me parece que Rugama es de los mayores genios que hemos tenido. En la tierra de Darío y Sandino, es de lo más grande que Nicaragua ha producido, aunque vivió solo hasta los 20 años. Sí, porque es de nuestros poetas nacionales y eso que sólo pudo escribir como por dos años (su poesía anterior es primeriza), estando esos dos años atareado en los trabajos de la clandestinidad, incluso asaltando bancos. Pero la mayor innovación literaria de Rugama –y en esto habrá tenido pocos seguidores– fue de que la poesía no sólo debía ser comprometida (eso lo hemos dicho muchos) sino que el compromiso debía llevarlo a uno a la acción, y hasta la muerte. Él sabía que en cualquier momento lo iban a matar. Hablaba de la muerte sin el menor temor, con una naturalidad asombrosa: como parte de la misma vida, como una tarea más que había que cumplir. Tenía mucho amor a la vida, porque era muy vital. Feliz ante la vida, con gran alegría de vivir, chistoso siempre, pero sin temor a la muerte. Un amigo le dijo que él por su miopía, con aquellos anteojos de culo de botella, no era para acciones militares. Y él contesto: “Si no morimos nosotros ¿quién va a morir? Ahorita no hay cuadros, negro”. Decía que había que limpiase uno mismo primero. Ser primero revolucionario uno mismo. “Por eso estoy tratando de cambiarme para cambiarnos”. Uno se está muriendo desde que nació, y sería una lástima no morir en entrega a los demás”, también es una frase que dijo. Y a Cabestrero le dijo un amigo: “No hay individuo con más linda vida, ni más ejemplar que Leonel”. A su papá le escribió unos meses antes de morir, diciéndole que ya había encontrado su profesión, que era la de ser profesional del amor a la humanidad. Como también mucho decía en la universidad de León, en la que hacía trabajo político disfrazado de estudiante, que quería “graduarse de hombre”. Algo que él escribió de sí mismo fue: “Gozó de la Tierra prometida”. Y le dijo a unos amigos, no sé si a seminaristas, hablándoles de los compañeros de la clandestinidad: “Esa gente sí. Esos sí sienten las cosas desde lo más profundo. Yo todavía no he llegado”. Con todo él nunca fue un iluso con respecto a la revolución. Un viejo profesor de Estelí, ya sin voz, recordaba estas palabras de Leonel: “Cuando las cosas cambien van a surgir sandinistas debajo de las piedras, que sólo lo serán en apariencia, no de corazón. Alguien lo va a ver, alguien mirará ese cambio, tal vez usted lo vea aunque tenga muchos años más que yo”. Y a su amigo Cárcamo, que estuvo con él hasta el final, le dijo: “No creás que con el cambio que traiga la revolución en Nicaragua ya se va a terminar todo todo lo malo. Vas a ver, negro, que muchos se van a retirar y vas a ver a otros enriqueciéndose con la revolución mientras verás a otros bien fregados. Y de esto no te vayás a asustar. No te asustés de eso, hombre, negro”. De la revolución que hubo, y que pasó, y de la nueva que vendrá, Leonel Rugama es uno de los más puros símbolos. Y uno de los santos.