miércoles, 5 de octubre de 2011

La misión es involucrarnos


Página 12
05-10-2011


Nueva York tiene ocho millones de habitantes; un millón vive en la pobreza. Es una vergüenza. Y, sin embargo, el sistema no se detiene aquí. No importa cuánta vergüenza podamos sentir; la maquinaria va hacia adelante, para hacer más dinero. Nuevas maneras de trampear con las jubilaciones; de robar aún más. Pero algo está sucediendo en Liberty Plaza.
Estuve en Liberty Plaza para realizar un par de notas. Y volveré. ¿Sabías? Están haciendo un gran trabajo ahí. Y están recibiendo aún más apoyo. La otra noche, el sindicato de empleados de transportes –los conductores de ómnibus, los conductores de la metropolitana– votaron con entusiasmo para mantener la protesta. Hace tres días, 700 pilotos de línea –sobre todo de United y Continental– marcharon por Wall Street. No sé si hubo alguna forma de ver esto en televisión. Sé cómo estuvo la cobertura aquí; se mostró a unos pocos hippies que tocaban sus tambores –las cosas típicas que buscan los diarios–. Por favor: ¡que Dios bendiga a los hippies que tocan sus tambores! Pero es la razón por la que “ellos” quieren que se vea sólo esto. Y ahora yo les digo lo que vi en aquella plaza. Vi jóvenes, vi ancianos, vi gente de todo tipo y de todos los colores y todas la religiones. Vi también a la gente que vota por Ron Paul (el candidato presidencial ultraconservador que quiere abolir el Banco Central). Quiero decir, era un grupo de gente de todo tipo. Estaban los enfermeros en esa plaza. Estaban los maestros en esa plaza. Gente de todo tipo.
Hoy martes habrá una nueva manifestación: también los conductores de ómnibus y de la metropolitana marcharán por Wall Street. Oí decir que la UAW (el sindicato de los obreros del automóvil) está pensando en algo parecido. Piensen, su peor pesadilla se convierte en realidad. ¡Los hippies y los obreros del automóvil que marchan juntos! La gente entendió. Y toda esta historia sobre las divisiones internas y esto y lo otro: a la gente no le importa más. Porque esta vez se trata de sus propios hijos que corren el riesgo de no poder ir más a la escuela. Esta vez se corre el riesgo de quedarse sin techo. Esto es lo que en verdad está en juego.
Pero lo que me parece más extraño y bizarro, de los ricos, es cómo habían decidido excederse tanto. Quiero decir: les iba todo muy bien. No, para ellos no era bastante. Para los nuevos ricos no era bastante. Los nuevos ricos que no hicieron su fortuna gracias a una buena idea. Ni a un invento. Ni con su sudor. Ni con su trabajo. Los nuevos ricos que se enriquecieron con el dinero de los otros; con el que jugaron como si fuesen al casino. Dinero más dinero. Y ahora nos encontramos con una generación de jóvenes para los que los héroes a los que emular son aquellos de los canales de televisión de negocios: aquellos que se enriquecieron haciendo dinero sobre aquellos que hacen dinero.
Pero, ¿cuánta necesidad tendremos de jóvenes que se pongan a trabajar para salvar a este planeta? Para encontrar la cura a todos estos males. Para encontrar una manera de llevar agua y servicios higiénicos a los millares de personas sobre esta tierra que no los tienen.
Esto es lo que querría. Que en lugar de que las 400 personas más ricas de este país tengan más riqueza, sean los 150 millones de estadounidenses todos juntos los que estén mejor. Dirán, es una de esas cifras que Michael Moore tira por ahí. Pero es una estadística cierta: verificada por Forbes y por PolitiFact. ¡Las 400 personas más ricas de este país, son más ricos que los 150 millones todos juntos! Pero esto no se puede llamar democracia. La democracia implica una suerte de igualdad: yo no digo que cada pedazo de la torta debe ser de la misma medida, pero ¿no nos fuimos mucho más allá?
Ahora está esta buena noticia. Porque hasta que alguno desafíe a nuestra democracia –mientras que la Constitución se mantenga intacta–, querrá decir que cada uno de nosotros tendrá el mismo derecho de voto que los señores de Wall Street: un voto por persona. Y ellos podrán comprar a todos los candidatos que quieran; pero su mano guiará a nuestra mano cuando estemos en el cuarto oscuro. El mensaje de gritar fuerte es hacer llegar a los millones de personas que se dieron por vencidas –o que fueron convencidas por ignorancia–. Lograremos hacer llegar nuestro mensaje que para aquellos 400 será la peor de las pesadillas. Porque lo único que saben hacer bien son las cuentas. Nosotros somos muchos más que ellos. Depende sólo de nosotros. Basta de despertarse a la mañana y decir “Ok”. Ahora basta. Decidí involucrarme. Esta ahora es nuestra misión, involucrarnos. Por eso les digo: apoyen la protesta de Liberty Plaza.
* Durante la presentación del último libro de Moore en ST. Mark’s Bookstore.
Traducción: Celita Doyhambéhère.


Acerca de lo mismo...


WASHINGTON.- El cineasta Michael Moore presentó en la universidad católica jesuita de Georgetown su última obra, el libro de memorias, "Here Comes Troubles", en el que se refiere en profundidad al "gran pecado capital" de Estados Unidos: la codicia.

"Nosotros los estadounidenses hemos permitido que un pequeño grupo de personas se convirtieran en expertos de uno de los siete pecados capitales", señala. "Y ese pecado, por supuesto, es la codicia".

En los años 1960-70, explicó Michael Moore, quien toma como ejemplo su propia infancia en Flint, dependiente del sector automovilístico, los ricos pagaban ciertamente muchos impuestos, pero vivían muy cómodamente, mientras que los menos ricos tenían una vivienda, educación gratuita y empleo seguro.

Pero hay que concluir que eso ya no ocurre hoy, afirmó el realizador de "Bowling for Columbine" y "Fahrenheit 9/11", por el que recibió la Palma de Oro en Cannes en 2004.

"¿Qué ocurrió en estos últimos treinta años como para que pensemos que hicimos algo bueno al crear una sociedad que genera tanta miseria?", se pregunta, recordando que 46,2 millones de norteamericanos viven en la pobreza.

"¿Qué de lo que ha dicho Jesús está vinculado con el hecho de que las personas sean desalojadas de sus casas?", agregó en referencia a los embargos inmobiliarios que siguieron a la crisis de los préstamos hipotecarios de riesgo ("subprime") en Estados Unidos.

"¿O con que no se le dé un seguro de salud (a los que carecen de él) o que no se les atienda cuando caen enfermos?", agrega.

"El principal problema no es la deuda. Necesitamos empleo, empleo y empleo", insiste luego cuando responde a las preguntas de los estudiantes, lo que le permite volver sobre los temas que más le interesan, como el del uso de armas de fuego.

¿La política del presidente Barack Obama? "En un partido no se puede jugar al revés durante las tres cuartas partes del tiempo e intentar ganar al final", afirma Moore, quien le dio su apoyo a Obama durante la campaña presidencial de 2008.

El problema, añade, "es el capitalismo del siglo XXI", que debería ser "totalmente reestructurado".

"No creo que sea imposible (...) pero necesitaremos más iniciativa gubernamental, y que nosotros, los ciudadanos, nos pongamos manos a la obra para garantizar que la torta se divida de manera equitativa", estimó el cineasta.

viernes, 30 de septiembre de 2011

30-S 2010, HACE UN AÑO...


Rafael Correa el gran capitán del
socialismo pequeñoburgués*

Dado los últimos acontecimientos es necesario actualizar el debate de la caracterización del régimen de gobierno de Rafael Correa para comprender hacia donde avanza el ejercicio del poder de lo que se ha autodenominado la “revolución ciudadana”. Una falsa “revolución” que se rotula “izquierdista” y que mantiene soñando en el limbo a muchos que confiaron en la posibilidad de que Correa se decantara por un proyecto político de cambio a favor de los pueblos y entierre las huellas del paso del neoliberalismo en toda la sociedad ecuatoriana. Pero en realidad se circunscribe a un proceso de reinstitucionalización del Estado capitalista en crisis, relanzándolo para alcanzar otro nivel de recomposición, contribuyendo al objetivo burgues-imperial, luego de más de 30 años de desastrosos gobiernos neoliberales. He aquí algunos de los hechos más relevantes de su evolución conservadora:

Primero. La proyección en elecciones de una imagen de “outsider” contra “partidocracia”, que en realidad fue la emergencia de la pequeña burguesía en confrontación con la gran burguesía, con un programa de gobierno nacionalista y patriótico por el que muchos votaron, pero al final está mostrando sus límites, que no son otros, que la reingeniería jurídico-político-administrativo del aparato estatal burgués.

Segundo. Aprovechar el desmoronamiento económico-social-político e institucional del capitalismo neoliberal para convocar a una Asamblea Constituyente como primer paso de una neo reinstitucionalización jurídico-política, aprobando una nueva Constitución y Leyes Orgánicas que la complementen (estamos justo en medio de este momento y es la razón de tanto reclamo).

Tercero. Encontrar un camino de desarrollo económico acorde con ese nuevo orden institucionalista, derivado de una estrategia global de recuperación del capitalismo con fisonomía de avanzada; todo esto acompañado de un fuerte gasto social en forma de subsidios especialmente a los más pobres, que, por un lado, desarrolle base social de apoyo al régimen que se materialice en organización y militancia y por otro que neutralice y desmovilice toda capacidad crítica y de movilización en contra de las Leyes Orgánicas, que afectan a numerosos sectores sociales como; indígenas, universidad ecuatoriana, magisterio, estudiantes universitarios, comunicadores sociales (los grandes medios se oponen en función de sus estrechos intereses), servidores públicos, policías y militares de tropa, pequeños mineros, entre otros. Que se han movilizado haciendo conocer al gobierno, razones de fondo para su inconformidad.

Cuarto. Una ofensiva ideológica patriotera con cierta retórica progresista y “logros” de la “revolución ciudadana” a través de una atosigante campaña propagándístico-publicitaria, en la que se ha gastado millones de dólares, beneficiando a ciertos medios propiedad de determinados grupos económicos o a personas cercanas a Rafael Correa.

Quinto. Generar un ambiente de sumisión y aceptación social al supuesto “socialismo” de Correa, mostrando a un gobierno aparentemente sólido, con fuerte respaldo de los legalmente armados y con apoyo internacional. Todo aquel que disienta o critique, se lo rechaza conminándolo a candidatizarse y ganar las elecciones en un claro alarde de soberbia y prepotencia, como en su tiempo lo hacía León Febrescordero. En realidad la lucha y resistencia popular en el Ecuador, en contra del conservadurismo de Correa, es señalada como simples actos de terrorismo y el gobierno ha llegado al extremo de encarcelar a gente en la calle solo por faltar el respeto “a la majestad del poder investido al Presidente”. El de Correa es el único gobierno de América Latina que mantiene en la cárcel a un preso político, en complicidad con el rector de la Universidad Central; se trata del joven dirigente estudiantil universitario de izquierda, Marcelo Rivera, acusado ilegalmente de “terrorismo”.

Clase media y tecnocracia pro capitalista

Rafael Correa cobra notoriedad política derivada de sus constantes charlas y conferencias en las que aparecía como un radical opositor de la dolarización y predecía que si no se encontraba una salida organizada a este modelo económico el desastre sería inevitable, en ese periplo se encontró con Alberto Acosta. Dado esto lo llamaron a colaborar como Ministro de Economía del gobierno interino de Alfredo Palacio. Sus bonos se elevaron.

Las elecciones del 2007 estaban cerca y fue llamado por un grupo de intelectuales clase media como él para representarlos. Hasta ese momento Rafael Correa no era mas que un profesor de una universidad privada de la elite quiteña y un ex ministro eficiente.

Este grupo de intelectuales identificó el momento político de ese entonces como el más propicio, para desde su óptica realizar cambios –a la europea–, sin romper con el sistema capitalista. Con un jugoso presupuesto en la campaña electoral, y con cierta dosis de desparpajo y creatividad, confrontaron directamente con los candidatos de la continuidad neoliberal, la “partidocracia” así ganaron las elecciones. Correa pasó de ser un profesor con cierta pedagogía a un presidente inmoderado, confrontador, terco y sobredimensionado de si mismo, lo que le ha valido el distanciamiento de muchos que estuvieron inicialmente a su lado, como Alberto Acosta, Fander Falconí, Gustavo Larrea y muchos sectores sociales que creyeron en su propuesta; movimiento indígena, magisterio, estudiantes secundarios y universitarios, sectores populares y el PCMLE, todos ellos llamaron a votar por Correa y por su propuesta que interpretaba –en ese entonces–, el anhelo de cambio del pueblo ecuatoriano.

Logrado su ascenso al poder, Correa devino en un hombre de difícil acceso, autárquico y soberbiamente autosuficiente en lo político, con un “estilo” de grosero desprecio al criterio ajeno, aún proviniendo de quienes le apoyaban, nunca buscó el diálogo con las razones de los sectores sociales que disentían con su criterio de gobierno. Privilegió el contacto con las elites y los empresarios. Muchos de los puntos que prometió se quedaron en el camino, como el desmantelamiento del neoliberalismo en materia de derechos y remuneraciones a los trabajadores y más bien de manera discreta se fue alejando de los sectores sindicales; igual cosa pasó con los indígenas y también en un proceso se fue distanciando de las personalidades y grupos políticos organizados que lo apoyaron; el Correa clerical, conservador y neoinstitucionalista apareció de manera franca.

Correa acuñó las ideas de la “meritocracia” y el “eficientismo” al tiempo que arrebataba toda la fraseología y reivindicaciones de la izquierda para situarse como el dirigente máximo de la “tendencia de cambio”. Todas las dimensiones de la administración del Estado capitalista de “nuevo tipo” que él estaba inspirando fueron llevados adelante con estas premisas, tanto impactó sus pretendidas políticas de corte patriótico, nacionalistas y sociales que cosechó “correistas” en los más insospechados rincones. Hasta ese momento había mucha expectativa social, todo se le toleraba, en espera de rectificaciones.

No hubo un análisis de clase, para comprender la dirección, alcances y límites de la gestión del gobierno de Correa y diseñar políticas pertinentes de cara a demostrar ante las masas que de este como de otros gobiernos burgueses no había mucho que esperar. El análisis generalista de la tendencia de cambio en la que supuestamente Correa capitaneaba, y de unos posibles escenarios de izquierdización o derechización, generó un todo opaco que ocultó la emergencia de una propuesta y subjetividad de la clase social a la que pertenece Correa y la tecnocracia que lo acompaña, clase, liderada eso sí, de manera indiscutible por Correa.

Viene al caso la siguiente cita: “Los estamentos medios –el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino–, todos ellos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales estamentos medios. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Mas todavía, son reaccionarios, ya que pretenden volver atrás la rueda de la Historia”. (Manifiesto del P. Comunista: O. Esc., en tres tomos, pag. 120)

En los hechos Correa asume la continuidad de la revolución liberal alfarista, pero en las condiciones particulares de la era posneoliberal, no de manera gratuita, la figura y pensamiento de Eloy Alfaro y Montecristi, forman parte del imaginario de la “revolución ciudadana”; esto corresponde de manera coherente a una clase social –la pequeña burguesía–, que emergió silenciosamente a la realidad política del Ecuador en medio de las jornadas de derrocamientos de los tres presidentes. Asqueada de la corrupción neoliberal y sin que ella le beneficiara, proclamaba en la Av. De los Shyris y en horario fuera de oficina “que se vayan todos”, esta consigna lidera y recoge el anhelo pequeño burgués del reflotamiento de la patria capitalista y Correa responde coherentemente con ese ahelo, desde el neoinstitucionalismo oficial. Pero está demostrado que el presidente y la tecnocracia que lo acompaña, de izquierda, no saben otra cosa que balbucear y muy mal la canción del Che.

Sí, Correa en realidad capitanea y es lider indiscutible de la pequeño burguesía y de la tecnocracia en el poder del Estado. Este ex profesor ha sido muy hábil al reclutar a una tecnocracia pro capitalista, que no tenía otro futuro que emigrar; la juventud MSc., y los cuadros PhD que forman el gobierno es garantía de éxito de la reingeniería institucional del capitalismo en el Ecuador. Hasta allí llega el discurso progresista de Correa. De allí en adelante la clase social que lidera Correa (tan característico en ella) se vuelve en contra y combatirá contra quienes lideran verdaderamente el cambio radical; la izquierda, el movimiento indígena y los sectores populares organizados se vuelven blanco de sus ataques. También los remanentes antiguos y rancios de la derecha tienen un ultimátum, o se alinean mediante acuerdos o alianzas o son excluidos de los principales nichos de acumulación de capital, Correa ha logrado someterlos, ellos a la final no pierden, al contario saldrán ganando; tendrán un capitalismo funcional a un nuevo nivel de acumulación. Correa se alza entonces como el gran emperador del centro político, su lucha es contra la extrema izquierda (calificados de garroteros y violentistas) y los “pelucones” de la “partidocracia”, una posición edulcorada por una fraseología populachera de “amor infinito por la patria”, que en verdad hace más fácil ocultar el objetivo de favorecer a las fortunas y nuevos ricos que lo acompañan. En el capitalismo, –en ningún lugar del mundo–, ningún gobierno sobrevive si no cuenta con el respaldo de los poderosos.
 
Nuevos vientos soplan en América Latina, sin duda, pero son los vientos característicos de la restitución pequeño burguesa, en las condiciones actuales del capitalismo en crisis, a esta propuesta llamada “revolucionaria” y “ciudadana” también la llaman pomposa como perniciosamente “socialismo del siglo xxi”, cosa que el imperialismo tolera y alienta con todo entusiasmo, golpeando de paso, con una copiosa propaganda, la propuesta y avance del socialismo y la revolución.

Correa se derechiza

No, Correa no se derechizó, no es que venga de posiciones de izquierda y haya involucionado, siempre ocupó ese espacio político derechista, su formación económica procapitalista, matizada por su ideología clerical, hacen que primero no entienda y luego repudie profundamente al socialismo que niega y entierra al capitalismo. Tan solo utilizó un discurso patriotero acorde con su campaña anti “partidocracia”; canceló el entreguismo proimperialista irritante de la derecha más recalcitrante para ganarse la simpatía del electorado de izquierda y ahora sin ningún rubor lleva adelante la política del yunque y martillo, involucrando peligrosamente al Ecuador en el conflicto interno colombiano; llevó más lejos una política burguesa de subsidios y ahora diseña leyes orgánicas, complementarias a la Constitución, para entregarle a los grupos económicos que emergen con este gobierno, la posibilidad de inaugurar un nuevo momento en el proceso de acumulación y concentración del capital y por otro lado ordenar el proceso administrativo del aparato estatal burgués para eficientarlo de cara al objetivo anterior. “La condición esencial de la existencia y de la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos particulares, la formación y el acrecentamiento del capital”. (Op. cit)

Correa está manchado de sangre

Los hechos de este 30 de septiembre de 2010 es síntoma de que muchos sectores sociales –afectados por las leyes de corte funcional capitalista y de claro tinte anti popular que Correa hará aprobar en la Asamblea Nacional–, están dispuestos al combate. Aún cuando de manera a priori, se pueda sospechar que cierta facción burguesa estaría detrás de intentos golpistas. En efecto, este 30 de septiembre, cierto grupo de policías, se insubordinaron reclamando por beneficios, que este gobierno mediante la nueva Ley de Servicio Público, les conculcaba. Correa llegó al sitio en donde los policías reclamaban, se expuso a vejámenes y en medio de ese clima de exaltación finalmente lo retuvieron por algo más de 10 horas, sintiéndose acorralado, pero con una visión de enfrentamiento y antagonismo redículos –tan característico en él–, llamó a que lo maten, para mas tarde en la noche, aprobar  el desbordado como trágico operativo de rescate cuyo desenlace todo el mundo conoce.

Sin embargo durante estos días Rafael Correa ha salido en espacios de medios públicos (ahora abiertamente gubernamenales) la cadena de los sábados y muchas entrevistas, para hacer creer a todos los ecuatorianos, que no fue su torpe decisión de ir a la boca del lobo lo que precipitó los macabros incidentes, si no un plan secreto de golpe de Estado y criminales intenciones de asesinarlo. Si el golpe hubiera estado planeado, allí en el hospital policial, los supuestos golpistas lo hubieran rápidamente llevado a otro sitio y exigido desde allí el poder, a cambio de su vida. Y así mismo hubieran procedido, con suma facilidad, si de asesinarlo se hubiera tratado. Nada de eso pasó, en cambio Correa actuó de manera torpe y precipitada, al dar la orden de que lo rescaten y tal parece con la consigna de hacerlo cueste lo que cueste. Correa está conciente de que no eran si no, 180 policías, pudo esperar –previendo lo peor–, hasta la madrugada y contar a favor con el elemento sorpresa, en fin, tantas otras salidas a esa crisis, inclusive el diálogo; esta vez todo el mundo pudo conocer en vivo, la prepotencia de Correa que decía “de aquí me sacan como cadáver pero yo no voy a negociar nada”. Este es el torpe y temerario Rafael Correa que gobierna el Ecuador. 

Correa es el único responsable de los 6 muertos hasta ahora y los más de 193 heridos de la noche del rescate de la falsa “revolución ciudadana”; una “revolución” en donde la “ciudadanía” no participa, no decide, no critica, solo recibe ciertas migajas en forma de subsidios y de políticas sociales que son cosa corriente en EE.UU., Europa y otros países de capitalismo avanzado, que se pretende en Ecuador hacerlos pasar como radicales muestras del “socialismo del siglo XXI” (en realidad socialismo pequeño burgués) Estos beneficios sociales se mantendrán mientras se mantengan los altos precios del petróleo y sirven actualmente para mantener cierta razonable gobernabilidad dentro del capitalismo de Correa, mientras los nuevos grupos económicos y los imperialismos  (EE.UU., Chino, Europeo) se disputan a dentelladas nuestra riqueza.

La confrontación social se eleva,                                           la unidad indígena-popular apremia

En el Ecuador estamos en medio de la aprobación de Leyes cruciales para el devenir del proyecto político de Rafael Correa y de la consolidación de su clase social en transición hacia la conquista de la cima de la pirámide de la dominación política.

El ascenso de la lucha y la confrontación social es inevitable. Las leyes de Correa van en la dirección de reflotar la pútrida institucionalidad burguesa. Correa nunca capitaneó la corriente y el anhelo de cambio del pueblo ecuatoriano, es un hombre de confianza de la libre empresa. Dada su extracción de clase pequeño burguesa, su gobierno es tan solo expresión de los intereses estrechos de esa clase social ambivalente y conservadora.

El anhelo de cambio del pueblo ecuatoriano subsiste, pero todavía las masas ilusoriamente se identifican con Correa y su “capitalismo del siglo xxi”, como sinónimo del verdadero cambio. Los pueblos –especialmente los indígenas–, deben aprender a identificar los cristales de colores en forma de dádivas, que son concesiones presupuestarias inmediatistas del gobierno, mientras sacrifican o represan su verdadera emancipación, deben ante todo trabajar tesonera y sinceramente por la unidad indígena-popular, ese es el camino para decidir una nueva forma de vivir en el Ecuador.

En un proceso, poco a poco, los explotados y oprimidos del ecuador, no verán variar mucho sus condiciones de existencia en este gobierno; los subsidios y la gran maquinaria propagandístico-publicitaria oficial, solo son paliativos y meros espejismos para ocultar el gran plan jurídico-institucional de expoliación en marcha. Los pueblos y especialmente la juventud se levantarán nuevamente, en busca de su definitiva emancipación, que entierre para siempre este oprobioso sistema capitalista y ciertas mentiras enmascaradas como “revolucionarias”.

(Por Julio C. Enríquez C.)
*Texto aparecido en este blog el 5 de octubre de 2010

lunes, 19 de septiembre de 2011

Juan Gelman sobre el 11-S 2001


Los fallos de seguridad antes del 9/11
¿Sabían? Pues sí

Página 12
19-09-2011


Una unidad de espionaje de EE.UU., la División de Amenazas Asimétricas del Comando Conjunto de Fuerzas de Inteligencia (JFIC, por sus siglas en inglés), detectó antes del 11/9 la posibilidad de que Al Qaida atacara las Torres Gemelas y el edificio del Pentágono. La información fue de- sechada y casi 3000 civiles perdieron la vida en un atentado terrorista que, por alguna razón, no se pudo o no se quiso evitar.

En general se ha hablado de las fallas de la CIA y del FBI en esta materia. Pero el sitio independiente Truthout dio a conocer documentos del Organismo de Inteligencia de Defensa filtrados por un ex miembro de aquella División, conocida por el acrónimo DO5, que algo de luz arrojan sobre un tema que ninguna comisión investigadora supo escrutar a fondo. La documentación fue acercada y comentada por Iron Man, alias o seudónimo o nombre de guerra de quien fuera jefe de esa unidad desde fines del 2000 hasta junio del 2001. “Hombre de hierro” eligió guardar el anonimato para proteger a su familia de posibles represalias. Las revelaciones no son de poca monta.

La DO5 fue creada en 1999 y su tarea consistió en descubrir la existencia de planes terroristas preparados en el exterior o localmente que podrían llevarse a cabo en territorio estadounidense. Era una rama del JFIC y, en ese marco, prestó una atención muy prolija a Osama bin Laden y acólitos que radicaban entonces en Afganistán. Presentó “numerosos informes en los que se determinaban los probables y posibles movimientos de Usama bin Ladin (sic) y Mullah Omar”, incluida “la verosímil identificación de la casa en la que Khalid Sheikh Mohammed presuntamente había planeado los ataques”, y reunió información que apuntaba a la viabilidad de que Al Qaida intentara un golpe contra las Torres, el edificio del Pentágono y aun otros objetivos (www.truth-out.org, 13/6/11).

Entre fines del 2000 y junio del 2001, altos jefes del Pentágono se reunieron para evaluar los datos aportados por la DO5. Iron Man registra que se llegó a sugerir que se advirtiera al personal de seguridad y a la plana de ingenieros del World Trade Center del eventual ataque, pero la idea se de- sechó por “la renuencia de los mandos a contactar a la comunidad civil”. Curiosa omisión. “En otras palabras: la administración Bush tenía pleno conocimiento, antes del 11/9, de que la organización terrorista se había fijado esos objetivos y, aparentemente, los funcionarios del gobierno no actuaron en función de tales advertencias.” El por qué fue así es todavía habitante de la oscuridad.

Iron Man y los agentes de la DO5 y del JFIC “estaban cerca de capturar a Bin Laden”, pero el vicealmirante Martin J. Meyer, subjefe del Comando Conjunto de las Fuerzas de EE.UU. que asistía a esas reuniones de evaluación, manifestó al mayor general Larry Arnold y demás colegas que “su preocupación por Osama bin Laden como una posible amenaza para EE.UU. era infundada”. Lo dijo dos semanas antes del 11/9 y parece que se equivocaba. Mayer pasó a retiro en 2003 y fue contratado inmediatamente por la Lockheed Martin, una de las megaempresas que más lucran con las guerras de Irak y Afganistán merced a los contratos del Pentágono (www.lockheedmartin.com, 8/4/03).

Uno de los documentos cuya desclasificación logró Iron Man es un informe del inspector general del Ministerio de Defensa fechado el 23 de septiembre de 2008, en el que se señala que la jefa del JFIC, identificada más adelante como capitana Janice Dundas, había ordenado que cesara el seguimiento de Bin Laden “porque no era de competencia de la misión del JFIC”. Con un argumento parecido se cortó el examen de los “campos terroristas de entrenamiento” en Afganistán: “Esas cuestiones no se encuentran en la línea de natación del JFIC”. (www.scribd.com/doc/28486103/FOIA-Review-of-Joint-Forces-Response-911 5-3-10). ¿Tendría la capitana, con una graduación relativamente menor en cualquier fuerza armada, tanto poder como para tomar por su exclusiva cuenta decisiones de semejante importancia? ¿O las órdenes venían de arriba, de muy arriba?

Las revelaciones de Iron Man exhiben que la información fue ocultada a la Comisión Nacional sobre los ataques terroristas en EE.UU., establecida por una ley del Congreso el 27 de noviembre del 2002 –más de un año después de los atentados– con la misión de conocer las circunstancias que los rodearon, así como el estado de preparación y la respuesta a los ataques. La integraban cinco legisladores republicanos y cinco demócratas.

Los apéndices del informe del inspector general del Pentágono muestran que se introdujeron cambios significativos en las respuestas que los analistas del JFIC proporcionaron a los investigadores del Congreso sobre su trabajo de Inteligencia en torno de Bin Laden, Al Qaida y los talibán (www.truth out. org, 23-5-11). Una capa de silencio más.


W. Bush participó, desde luego, en la ceremonia del décimo aniversario del 11/9. Se lo ve en la foto muy serio y compungido. Tal vez Dios le dictaba algo en ese instante. Porque a él, Dios le habla, según dijo.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

11-S, el aniversario ignorado


La Vanguardia
12-09-2011

El principal asunto que evoca el aniversario del 11-S quedará seguramente marginado del informe mediático. Se trata de las guerras que la sombra del macro atentado de Nueva York ha venido justificando desde entonces. La “guerra contra el terrorismo”, subproducto del “conflicto de civilizaciones”, fue un mero pretexto para realizar las ambiciones de Washington que siguieron al fin de la guerra fría: completar el dominio de las regiones energéticas de Oriente Medio y Asia Central, las principales del planeta, algo que estaba en el programa y los planes de los estrategas desde el mismo momento en que la URSS dejó de existir en 1991, es decir desde diez años antes de los ataques de Nueva York y Washington, episodios, por otra parte, rodeados de todo tipo de incógnitas que se prefiere no remover. En el centro del evento está la cuestión del precio humano de esas guerras.

El estudio más serio realizado hasta la fecha sobre Irak, el de las universidades Johns Hopkins y Al-Mustasiriya publicado en la revista The Lancet estableció 650.000 muertes atribuidas a la guerra entre marzo de 2003 y julio de 2006. Cuando han sido mencionadas, esas cifras han sido calificadas de “polémicas” por muchos medios de comunicación que prefieren los números, mucho menos fiables, del Iraq Body Count, que reduce la cifra a 150.000 muertos, por la sencilla razón de que rebajan la enormidad de la responsabilidad occidental.

En 2008, una empresa británica de encuestas, el Opinion Research Business, estimó la mortandad de la guerra en un poco más de un millón. El problema es que antes de 2003, Irak sufrió doce años de sanciones y embargos que mermaron la sanidad pública, el suministro de agua potable y la adquisición de medicamentos, entre otras cosas. Unicef estimó que esa política fue responsable de quizá medio millón de muertes, en gran parte reflejo de una tasa de mortalidad de niños menores de cinco años del 125 por mil, que casi triplicó la anterior al bloqueo.

El Presidente Clinton, ninguneó ese informe y su Secretaria de Estado, Madeleine Albright, llegó a decir que fue el precio que hubo que pagar para deshacerse de Sadam Hussein. De modo parecido, el Presidente George W. Bush ninguneó el informe publicado por The Lancet. Pero eso cambia poco lo esencial: la presencia de un crimen espantoso y masivo, al que se puede aplicar el tan abusado término de genocidio, al lado del cual la matanza de las torres gemelas de Nueva York, fue un juego de niños. Si existiera algo lejanamente cercano a una justicia internacional, enjuiciar este crimen debería ser su primer cometido.


Pero las consecuencias del 11-S no se limitaron a Irak. Está Afganistán. El atentado de Nueva York añadió una década más a la guerra de los treinta años que el intervencionismo extranjero agravó y multiplicó por mil en sus efectos en ese desgraciado país, desde la intervención soviética de 1979. Al día de hoy, cuando se habla de retirada en el 2014, los planes reales sugieren una década más de presencia militar extranjera en el país. Afganistán añade a las cifras de Irak varias decenas de miles de muertos más. El último estudio publicado, “Cost of War”, de la Universidad de Brown, baraja un mínimo de 225.000 muertos entre Irak y Afganistán. Estas cifras, como la de los ocho millones de iraquíes y afganos “desplazados” por la guerra, raramente encuentran mención en las crónicas políticas sobre el 11-S, pese a que su relación con el atentado neoyorkino es manifiesta y evidente.

Lo mismo ocurre con la crónica económica, al hablar de los déficits de Estados Unidos y del “vivimos por encima de nuestras posibilidades” (¿quienes?) en general. El premio Nobel Joseph Stiglitz estima que las guerras de Irak y Afganistán le han costado al contribuyente americano 3,2 billones de dólares, por lo menos. ¿Tiene ese gasto algo que ver con los actuales déficits? ¿puede ser ignorado ese dato en la crónica de la “crisis financiera”? Si en Europa se habla de austeridad, ¿no habría que empezar por cortar los gastos en Afganistán y Libia? Es sin duda una pregunta ingenua.

Lo peor es que la ideología del 11-S puede recrear eternamente la guerra sin fin contra un oscuro enemigo “terrorista”, cuya génesis fue propiciada –por lo menos- por el propio belicismo. Bin Laden y su internacional fueron un producto de la cruzada occidental contra la URSS en Afganistán, la que potenció un radicalismo sunita enfocado contra el Irán de Jomeini y el laicismo afgano, lo que obliga a preguntarse qué tipo de desastres se están potenciando hoy, por ejemplo en Libia.

La situación de esta guerra sin fin instalada en nuestra cotidianeidad fue explicada con toda claridad en julio de 2004 por el entonces jefe del estado mayor del ejército de Estados Unidos, Peter Schoomaker; “las guerras anteriores fueron como contraer una neumonía, que podía dejarte unas cuantas cicatrices en los pulmones pero de la que te curabas, la actual guerra contra el terrorismo es como el cáncer: puedes estar bajo tratamiento, pero no se te va a ir nunca mientras vivas”, explicó el General. Lo que ha venido después de Irak y Afganistán, es decir las intervenciones noratlánticas en; Pakistán, Somalia, Yemen y Libia, confirman esa enfermedad incurable: la guerra convertida en rutina.

En Libia, el “ministro de sanidad” de los insurgentes apoyados por la OTAN, Nadshi Barakat, ha dicho que en los seis meses que llevamos de conflicto se han registrado 30.000 muertos y 50.000 heridos, mientras la OTAN desmiente, por boca de su secretario general, que haya, “ningún informe confirmado sobre muertos civiles” en las 22.000 operaciones y 8256 bombardeos que su organización ha llevado a cabo allá. La ausencia de cifras parece tomar el relevo a aquellos “daños colaterales” citados por aquel desvergonzado portavoz de la alianza en la operación yugoslava que fue Jamie Shea. La guerra ha sido siempre un recurso en tiempos de crisis. Su actual rutina, y la interesada confusión sobre sus efectos y consecuencias humanas, contrastan mucho con la fanfarra global alrededor del aniversario en el “Ground Zero”.

martes, 13 de septiembre de 2011

Del 11-S 2001 al 11-S 2011, lea A y B


(A) 10 años del 11 de septiembre

11-09-2011



“Si ves algo, di algo”. El mensaje oficial antiterrorista del gobierno estadunidense se repite en carteles, anuncios en las estaciones de metro, en los medios, mientras cada vez más cámaras graban los movimientos de ciudadanos, y en los aeropuertos los pasajeros son sometidos a múltiples inspecciones y una ley permite a las autoridades espiar a la población.
Pero a lo largo de estos 10 años después del 11-S, al parecer nadie vio ni dijo nada (oficialmente) de otra amenaza que ha causado más destrucción que ese atentado terrorista: la crisis económica. El “terrorismo” ha sido sustituido por la inseguridad económica como el asunto nacional de mayor preocupación en este país.
Sin embargo, poco ha cambiado en el discurso oficial (a fin de cuentas aún tienen que justificar varias guerras y medidas de seguridad). El clima de temor generado por los atentados del 11-S alcanzó toda esquina del país, nutrido por la cúpula política y por los grandes medios, y transformó el panorama político y social.
El 11-S justificó la creación de una nueva secretaría, tal vez la más grande burocracia federal después del Pentágono, que lleva el nombre ominoso de “Departamento de Seguridad Interna”. Su titular, Janet Napolitano, emitió un comunicado hace un par de días que resume la retórica oficial actual: “a medida que se acerca el décimo aniversario de los ataques terroristas del 11 de septiembre, la seguridad de la población estadunidense sigue siendo nuestra principal prioridad”. Por ahora, reportó, aunque no se cuenta con información de que terroristas “estén planeando ataques en Estados Unidos para coincidir con el décimo aniversario del 11 de septiembre, seguimos en un máximo estado de vigilancia, con medidas de seguridad listas para detectar y frustrar ataques contra Estados Unidos, si surgieran”. Concluyó: “Les recordamos a nuestros socios locales, estatales y federales, y al público, que se mantengan atentos e informen de cualquier actividad sospechosa a las autoridades locales y agentes de la ley”.
Con el 11-S, el tema de “seguridad” se convirtió en el objetivo supremo de los gobernantes y se usó tanto para promover una política bélica internacional como para controlar, si no suprimir, la disidencia. La retórica oficial desde el 11-S hasta ahora es una combinación de convocatoria a “la unidad” patriótica con lo anunciado por George W. Bush: “o están con nosotros o están con los terroristas”.
Las consecuencias políticas del 11-S, dentro y fuera de Estados Unidos, fueron justo las pronosticadas por Noam Chomsky en entrevista con La Jornada tres días después del ataque, cuando expresó que los atentados son “un regalo a la derecha dura jingoísta estadunidense, y también a la de Israel... Ésta será una oportunidad maravillosa para imponer más reglamentación, más disciplina, promover los programas que desean aquí…” Y advirtió que los gobernantes “esperarán –tal vez fracasarán– poder aplastar a la disidencia interna. En general, las atrocidades y la reacción ante ellas fortalecen a los elementos más brutales y represivos en todas partes”.
En los primeros meses después del 11-S se atacaba a opositores de la política oficial casi como traidores. En ese clima se aprobó la Ley Patriótica, que otorgó nuevos poderes al Ejecutivo para espiar a la población y la FBI, entre otras agencias, empezó a usar esta ley para incrementar su vigilancia de diversas agrupaciones, sobre todo las musulmanas, pero también las que se oponen a la guerra. El llamado “gobierno secreto” multiplicó sus presupuestos y personal tanto para misiones internacionales como para la seguridad interna.
Diez años después, la opinión pública está dividida sobre las políticas antiterroristas que se impulsaron después del 11-S. Sólo una cuarta parte piensa que las guerras en Irak y Afganistán han disminuido las posibilidades de atentados terroristas en Estados Unidos; las mayorías creen que esas guerras han incrementado el riesgo de ataques terroristas o no han cambiado en nada ese riesgo, según un nuevo sondeo del Centro de Investigación Pew.
Con el paso del tiempo, cada vez menos estadunidenses piensan que es necesario ceder libertades civiles para frenar el terrorismo en el país; ahora el 40% piensa que sí es necesario, comparado con 55% de poco después de los atentados en 2001. Ahora, una mayoría, 68% contra 29%, se opone a la vigilancia de llamadas personales y correos electrónicos por parte del gobierno (www.pewresearch.org).
Pero todo está bajo vigilancia, o por lo menos ésa es la impresión que se quiere dar. Además de militares, policías y agentes del gobierno, hay más de un millón de guardias privados –muchos veteranos de guerra– en Estados Unidos, más del doble que hace una década, para vigilar desde campos de golf hasta malls y casas de ricos, reporta el Washington Post. Las videocámaras de seguridad están por todas partes (dicen). A tal grado que, una empresa de modas, Kenneth Cole, tenía una campaña de publicidad que sugería que como el ciudadano es fotografiado decenas de veces cada día, es importante vestirse y verse bien.
El temor como eje central de la vida política no es nada nuevo en este país, y la “amenaza” externa es columna vertebral del discurso estadunidense, incluida la “amenaza” de esos “otros” dentro del mismo país, donde juega una parte clave el asunto de la raza y los inmigrantes, como las “ideologías” ajenas. Ese temor se sigue nutriendo con menciones de “alertas máximas” repetidas hasta el cansancio.
Para el veterano comentarista Frank Rich, en un artículo en la revista New York, lo que sucedió después del secuestro de los aviones que perpetraron el 11-S fue “otro secuestro: el del 11-S por aquellos que lo explotaron por motivos grandes y pequeños, tanto ideológicos como abiertamente comerciales”, incluido el uso del ataque para lanzar una guerra contra un país que no había atacado a Estados Unidos, como para fines político-electorales.
Pero Rich afirma que al revisar la última década, “tal vez el suceso más consecuente de los últimos 10 años podría no haber sido el 11-S o la guerra en Irak, sino el saqueo de la economía estadunidense por los que están en el poder en Washington y Wall Street. Esto ocurrió a plena vista, o por lo menos así lo podemos ver ahora desde cierta distancia. En su momento, estábamos tan enfocados en la amenaza externa de Al Qaeda a Estados Unidos que no prestamos la atención apropiada a las amenazas más prosaicas dentro del país”.
Y es que una década después, otra amenaza ha sustituido a la del “terrorismo” como máxima preocupación nacional: la peor crisis económica desde la gran depresión que ha destruido las vidas de millones de familias en este país. La década que comenzó con el derrumbe de las Torres Gemelas, causado por el primer ataque externo a Estados Unidos, está concluyendo con los escombros económicos y sociales de una crisis económica que no fue provocada por “terroristas” extranjeros, sino por políticos y banqueros estadunidenses.

Fuente: http://progreso-semanal.com/4/index.php?option=com_content&view=article&id=3786:10-anos-del-11-de-septiembre&catid=3:en-los-estados-unidos&Itemid=4





(B) Torres Gemelas: el derrumbe
de las mentiras

08-09-2011


El presidente Bush recibe la noticia de la tragedia del WTC, sin embargo
permaneció impávido sin pronunciarce, algo poco usual dada la magnitud del evento
 

Cualquiera que tenga dudas sobre el colapso de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 conoce el síndrome. Sus conocidos le preguntarán invariablemente: ¿entonces tú crees en la teoría de la conspiración?
Y aquí es donde no debe flaquear. Las dudas son sobre el colapso. No hay que moverse ni un ápice de ese terreno: el derrumbe de las Torres Gemelas y del rascacielo WTC 7 (de 47 pisos, que no fue impactado por los aviones) no ha recibido una explicación adecuada. Eso no hay que perderlo de vista. Y las discusiones sobre conspiraciones no ayudan en nada a aclarar la forma y velocidad de dicho colapso.
Este es el punto central sobre el cual se concentra el análisis de los miembros de la organización Arquitectos e Ingenieros por la Verdad del 9/11. Cualquiera puede examinar el voluminoso expediente de pruebas que ha reunido esa organización en su sitio, www.ae911truth.org. Ya son mil 549 ingenieros, arquitectos y físicos estadunidenses los que han firmado una petición para reclamar una investigación seria sobre lo ocurrido ese día en Manhattan. Nadie puede dejar de revisar el material en ese portal.
Todo esto merece una explicación más detallada. Los aviones que fueron estrellados contra las Torres Gemelas provocaron una fuerte explosión y un gran incendio. Los informes oficiales de las agencias estadunidenses se limitan a examinar qué pasó en los edificios en el lapso transcurrido entre el impacto de los aviones y el inicio del colapso. Una vez que comienza el desplome de las Torres Gemelas, los informes abandonan el relato.
Tal pareciera que al hablar de los impactos y el incendio que les siguió se hubiera agotado el tema y ya no fuera necesario seguir el análisis. Los informes del Instituto de normalización y tecnología, NIST, de la Agencia de manejo de emergencias, FEMA, y de la Comisión especial nombrada por el entonces presidente Bush tienen diferencias. Pero coinciden en que los incendios no fundieron la estructura de acero, y que el impacto y el fuego debilitaron los amarres de los pisos directamente afectados, haciendo que cedieran y que se desplomaran los edificios. Hasta aquí su explicación.
Pero esto es lo esencial: los informes no dicen nada sobre la forma en que se desenvuelve el colapso de las Torres Gemelas o del edificio WTC 7. Entre otras cosas, no explican por qué los tres edificios se desplomaron a la velocidad de una caída libre. La evidencia de las filmaciones de los tres derrumbes es clarísima. En los tres casos, el colapso se lleva a cabo como si entre los pisos superiores y la planta baja no hubiera nada que ofreciera resistencia. Eso es una anomalía que sorprende a cualquier arquitecto o ingeniero. Las estructuras de acero de los pisos inferiores están hechas para resistir y estaban intactas después del impacto de los aviones. Tuvieron que ofrecer resistencia. Los informes oficiales no dicen nada sobre esto.
Por otra parte, las dos Torres Gemelas se componían de varios cientos de miles de toneladas de concreto que fueron pulverizadas en el derrumbe. Los ingenieros, físicos y arquitectos que han examinado la evidencia después del colapso saben bien que, si se arroja un bloque de concreto desde una altura de cien pisos, lo único que se va a lograr es que se despedace. Pero no se va a pulverizar. Para ello se requiere una fuente de energía adicional. ¿Pudieron los pisos superiores comprimir y pulverizar el concreto de los pisos inferiores? La respuesta es negativa: si los pisos superiores hubieran comprimido los pisos inferiores, provocando la pulverización, la caída no se hubiera llevado a cabo a la velocidad gravitacional.
¿Cómo fue eliminada la resistencia de los pisos inferiores para permitir el colapso a la velocidad de caída libre? ¿De dónde salió la energía que permitió pulverizar los cientos de miles de toneladas de concreto de las dos torres? Esas dos preguntas carecen de respuesta oficial. Varios estudios serios apuntan en una dirección: explosivos.
No se trata de explosivos convencionales, como los usados en cualquier demolición controlada. El análisis de muestras de polvo y de fragmentos de las construcciones revela la presencia de microesferas de hierro fundido y aluminio, testimonio de reacciones con el explosivo incendiario termita. Varios estudios sobre muestras de polvo concluyen sobre la presencia de virutas con compuestos de nanotermita (partículas de óxido ferroso incrustadas en una matriz rica en carbono). Todo eso indica, según esos estudios, que estuvieron presentes explosivos no convencionales en los sucesos del 11 de septiembre y que podrían haber eliminado la resistencia de los pisos inferiores, explicando así la velocidad de caída libre del colapso.
El gobierno más mentiroso en la historia de Estados Unidos puso sobre la mesa tres informes para aclarar lo que había acontecido el 11 de septiembre de 2001. Lo que dicen es muy sencillo. Ese día es realmente histórico porque se rompieron las leyes más elementales de la física.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Las consecuencias mundiales de la decadencia de Estados Unidos


La Jornada
28-08-2011



Hace 10 años, cuando algunas personas y yo hablábamos de la decadencia de Estados Unidos en el sistema-mundo, a lo sumo nos topábamos con sonrisas de condescendencia ante nuestra ingenuidad. ¿No era Estados Unidos la única superpotencia, involucrada en cada uno de los rincones más remotos de la Tierra, haciendo lo que quisiera casi todo el tiempo? Ésta era una visión compartida a todo lo ancho del espectro político.
Hoy, la visión de que Estados Unidos está en decadencia, en seria decadencia, es una banalidad. Todo el mundo lo dice, excepto algunos políticos estadunidenses que temen ser culpados por las malas noticias de la decadencia si la discuten. El hecho es que prácticamente todo el mundo cree hoy en la realidad de esa decadencia. Sin embargo, algo que está menos discutido es cuáles han sido y serán las consecuencias en el mundo de esta decadencia. La decadencia tiene raíces económicas que siguen su curso. Pero la pérdida del cuasi monopolio del poder geopolítico que Estados Unidos ejerció alguna vez tiene consecuencias políticas importantes en todas partes.
Empecemos con una anécdota contada en la sección de Negocios del New York Times el 7 de agosto. Alguien que gestiona inversiones en Atlanta apretó el botón de pánico en nombre de dos acaudalados clientes que le dijeron que vendiera todas sus acciones y que invirtiera el dinero en un fondo común de inversión más o menos blindado. El gestor dijo que, en los 22 años que llevaba en el negocio, nunca había recibido una petición como ésa. Era algo sin precedentes. El periódico le llamó a esto el equivalente “Wall Street” de la opción nuclear. Iba en contra del consagrado consejo tradicional de asumir un enfoque firme y constante conforme se avanza ante los vaivenes del mercado.
Standard & Poor’s ha reducido su calificación crediticia de Estados Unidos de AAA a AA+, también algo sin precedentes. Pero esto fue una acción bastante leve. La agencia equivalente en China, Dagong, ya le había reducido la credibilidad crediticia a Estados Unidos en noviembre pasado a A+, y ahora se le redujo a A-. El economista peruano Oscar Ugarteche ha declarado que Estados Unidos es una república bananera. Dice que Estados Unidos ha optado por la política del avestruz para no espantar a las expectativas (de crecimiento).
Y en Lima, la semana pasada, los ministros de finanzas de los estados sudamericanos, reunidos, han discutido urgentemente cómo aislarse de la mejor manera ante los efectos de la decadencia económica de Estados Unidos. El problema para todo el mundo es que es muy difícil aislarse de los efectos de la decadencia estadunidense. Pese a la severidad de su decadencia económica y política, Estados Unidos continúa siendo un gigante en el escenario mundial, y cualquier cosa que pase ahí sigue provocando grandes olas en todas partes.
Con toda certeza, el impacto más fuerte de la decadencia estadunidense ocurre y seguirá ocurriendo al interior de Estados Unidos. Los políticos y los periodistas hablan abiertamente de la disfuncionalidad de la situación política estadunidense. ¿Pero qué otra cosa puede ser sino disfuncional? El hecho más elemental es que los ciudadanos estadunidenses están aturdidos por el mero hecho de la decadencia. No es sólo que los ciudadanos estadunidenses sufran ellos mismos, materialmente, por la decadencia, y que estén profundamente asustados de que sufrirán más conforme el tiempo avance. Es que habían creído a nivel muy profundo que Estados Unidos es la nación elegida, designada por Dios o la historia para ser el país modelo en el mundo. El presidente Barack Obama sigue tratando de tranquilizarlos diciendo que Estados Unidos es un país triple A.
El problema para Obama y para todos los políticos es que muy pocas personas siguen creyendo eso. El golpe al orgullo nacional y a la imagen propia es formidable, y es también muy repentina. El país está tomando muy mal este golpe. La población busca chivos expiatorios y ataca muy a lo loco, y no con demasiada inteligencia, a los supuestos culpables. La última esperanza parece ser que alguien sea culpable, y como tal el remedio sea cambiar a las personas con autoridad.
En general, las autoridades federales son vistas como las que hay que culpar: el presidente, el Congreso, ambos partidos principales. La tendencia es muy fuerte hacia tener más armas a nivel individual y a ejercer un recorte del involucramiento militar fuera de Estados Unidos. Culpabilizar de todo a la gente de Washington conduce a una volatilidad política y a luchas intestinas locales cada vez más violentas. Estados Unidos es hoy, diría yo, una de la entidades políticas menos estables en el sistema-mundo.
Esto hace de Estados Unidos no sólo un país cuyas luchas políticas son disfuncionales, sino uno que es incapaz de consolidar mucho poder real en la escena mundial. Entonces, hay una caída importante en la fe en el país, y en su presidente, por parte de los aliados tradicionales de Estados Unidos fuera y por la base política del presidente en casa. Los periódicos están llenos de análisis de los errores políticos de Obama. ¿Quién puede argumentar con esto? Con suma facilidad, yo podría enlistar docenas de decisiones que Obama hizo, y que desde mi punto de vista fueron equivocadas, cobardes o algunas veces directamente inmorales. Pero me pregunto si, de haber tomado las mucho mejores decisiones que su base supone que debió tomar, habría habido mucha diferencia en el resultado. La decadencia de Estados Unidos no es el resultado de decisiones pobres por parte de su presidente, sino de las realidades estructurales en el sistema-mundo. Obama puede ser el individuo más poderoso del mundo todavía, pero ningún presidente estadunidense es tan poderoso hoy como los presidentes de antaño.
Hemos entrado en una era de agudas, constantes y rápidas fluctuaciones –en las tasas de cambio de las divisas, en las tasas de empleo, en las alianzas geopolíticas, en las definiciones ideológicas de la situación. El grado y rapidez de estas fluctuaciones conduce a la imposibilidad de contar con predicciones de corto plazo. Y sin alguna estabilidad razonable en las predicciones de corto plazo (tres años más o menos) la economía-mundo se paraliza. Todo el mundo tendrá que ser más proteccionista e introspectivo. Y los estándares de vida bajarán. No es un cuadro bonito. Y aunque hay muchos, muchos aspectos positivos para muchos países a causa de la decadencia estadunidense, no hay certeza de que en el loco bamboleo del barco mundial, otros países puedan de hecho beneficiarse como esperan de esta nueva situación.
Es tiempo de un análisis de largo plazo mucho más sobrio, de juicios morales mucho más claros acerca de lo que el análisis revela, y de acciones políticas mucho más efectivas en el esfuerzo, en los próximos 20 o 30 años, para crear un mejor sistema-mundo que en el que estamos atorados ahora.
Traducción: Ramón Vera Herrera
©Immanuel Wallerstein