lunes, 19 de noviembre de 2007

Javier Heraud *

El Grupo Ultimatúm, inicia entregas periodicas de la Poesía Revolucionaria Latinoamericana, con el poeta ecuatoriano Rafael Larrea y el poeta peruano, Javier Heraud.


El río




1

Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el viento.
Hay arboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
mas violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.

2

Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

3

Yo soy el río.
Pero a veces soy
bravo
y
fuerte,
pero a veces
no respeto ni la
vida ni la
muerte.
Bajo por las
atropelladas cascadas,
bajo con furia y con
rencor,
golpeo contra las
piedras mas y mas,
las hago una
a una pedazos
interminables.
Los animales
huyen,
huyen huyendo
cuando me desbordo
por los campos,
cuando siembro de
piedras pequeñas las
laderas,
cuando
inundo
las casas y los pastos
cuando
inundo
las puertas y sus
corazones,
los cuerpos y
sus
corazones.

4

Y es aquí cuando
mas me precipito.
Cuando puedo llegar
a
los corazones,
cuando puedo
cogerlos por la
sangre,
cuando puedo
mirarlos desde
adentro.
Y mi furia se
torna apacible,
y me vuelvo
árbol
y me estanco
como un árbol,
y me silencio
como una piedra,
y callo como una
rosa sin espinas.

5

Yo soy un río.
Yo soy el río
eterno de la
dicha. Ya siento
las brisas cercanas,
ya siento el viento
en mis mejillas,
y mi viaje a través
de montes, ríos,
lagos y praderas
se torna inacabable.

6.

Yo soy el río que baja en las riberas,
árbol o piedra seca
yo soy el río que viaja en las orillas
puerta o corazón abierto
yo soy el río que viaja por los pastos
flor o rosa cortada
yo soy el río que viaja por las calles,
tierra o cielo mojado
yo soy el río que viaja por los montes
roca o sal quemada
yo soy el río que viaja por las casas
mesa o silla colgada
yo soy el río que viaja dentro de los hombres,
árbol fruta
rosa piedra
mesa corazón
corazón y puerta
retornados.

7

Yo soy el río que canta
al mediodía y a los
hombres
que canta ante sus
tumbas,
el que vuelve su rostro
ante los cauces sagrados.

8

Yo soy el río anochecido.
Ya bajo por las hondas
quebradas
por los ignotos pueblos
olvidados,
por las ciudades
atestadas de publico
en las vitrinas.
Yo soy el río,
ya voy por las praderas
hay arboles a mi alrededor
cubiertos de palomas,
los arboles cantan con
el río,
los arboles cantan
con mi corazón de pájaro,
los ríos cantan con mis
brazos.

9

Llegara la hora
en que tendré que
desembocar en los
océanos,
que mezclar mis
aguas limpias con sus
aguas turbias,
que tendré que
silenciar mi canto
luminoso,
que tendré que acallar
mis gritos furiosos al
alba de todos los días,
que clarear mis ojos
con el mar.
El día llegara,
y en los mares inmensos
no veré mas mis campos
fértiles,
no veré mas mis arboles
verdes,
mi viento cercano,
mi cielo claro,
mi lago oscuro,
mi sol
mis nubes,
ni veré nada,
nada,
únicamente el
cielo azul
inmenso
y
todo se disolverá en
una llanura de agua,
solo serán un canto o un poema mas
solo serán ríos pequeños que bajan,
en mis nuevas aguas luminosas,
en mis nuevas
aguas
apagadas.

(Lima 1960)

* J
avier Heraud Pérez nació en la ciudad de Lima, Perú, el 19 de enero de 1942. Poeta, pertenece a la estirpe de Bolívar y el Che Guevara: hombre de letras, tuvo que ser también hombre público. Su limpia voz juvenil (cantor de la vida, profeta de su muerte, leyenda viva en el Perú), su sarcasmo antiburgués y sus parábolas alimentan aún hoy una literatura americana que busca su identidad.

MANIFIESTO Movimiento Tzántzico



REVISTA

DIABLO HUMA

Centro de Arte Nacional

Junio 1981



Rafael Larrea*

El Movimiento Tzántzico fue eso, revolucionario, y sus conteni­dos no han caducado, sus grandes objetivos aún no han sido plenamen­te cumplidos. Entre las múltiples causas que motivaron su diáspora, probablemente, es en relación con la consecuencia, o no, frente a sus postulados que podremos encontrar la razón de la división de las aguas. Pero ni ello anula su valor real. Mi criterio personal es que éste se ha dinamizado y ha ingresado en otro estadio y tiempo. Por ello insisto en formular un nuevo Manifiesto Tzántzico:

MANIFIESTO

Nosotros, los de este lado de la raya, nos negamos a redactar el testamento que, tan acuciosamente, solicitan todos quienes anhe­lan un respiro de irresponsable tranquilidad.

Mientras estemos vivos, hablaremos. Y muertos, también. No hemos nacido para morir. No hemos remado sobre arenas move­dizas, ni hemos desintegrado nuestro ser. No hemos bebido la luna de Li Po en vano.

Somos los gestores y partícipes, los responsables de los actos y las palabras, de los sueños, de la actitud y el pensamiento, los pro­ponentes y los jornaleros, los poetas que damos testimonio.

Espartaco, el primero de los Tzántzicos, nos enseñó a erguir la espalda adolorida de todos los esclavos y a luchar por la dignidad del hombre.

Nuestra misión en la tierra es crear, no sobrevivir. Nuestra tarea es transformar.

No hay una sola dimensión del ser. Se es un instante y también el resto de la piedra. Cada cual es su propia sombra.

Los hombres somos tercos, porque somos realidad.

Seguiremos cuestionando la eternidad de las esfinges, arrebatán­doles su sacrosanta justificación de la propiedad privada que man­tiene en las huachimanas a los desposeídos y humillados.

La mañana es grande, más que la tarde, pero sólo la noche del creador recoge la dimensión del universo.

Muchos sentidos tiene la vida, algunos, como la memoria o la capacidad de valoración, son como los innominados cometas que, tras largas vueltas elípticas, retornan con sus colas maravillosa­mente iluminadas y nos sobrecogen de emoción desacostumbrada, sólo parecida a aquella primera vez que tomamos conciencia de la dimensidad del hombre, del futuro de la sociedad humana.

Asumimos el poder de lo irreverente, elemento vital de los poetas y los pueblos, sustancia de lo nuevo, manto protector contra las erosiones, fuente inagotable de potencia creadora.

No habrá jeques ni alfombrazgos si no hay poetas que se inclinen ante el rey de pacotilla.

Tras los diluvios y los sismos, este otro tiempo. Tras una etapa de crisis, otra más general y profunda, y así en adelante porque los factores que la generan son los mismos. Pero, son los otros, los opresores, los que están en crisis. Los poetas y los pueblos la resolverán a su favor cuando asuman las riendas de sus destinos.

Este otro tiempo exige respuestas. Debemos dárselas. Unámonos.

Siguen vigentes la palabra nueva, el hombre y el mundo nuevos.

*Conferencia dictada durante el encuentro “Cultura entre dos crisis”, Municipio de Quito, 1988.- Revista Diablo Huma, 1981 (segunda parte)

EL PODER DE LO IRREVERENTE


Rafael Larrea*

Testimonio

"Desde el primer grito, insulto o patada que dio nuestro

movimiento, estuvimos contra los consagradotes los que

se dejaron consangrar, contra las consagraciones".

Tzánzicos Revista Pucuna No. 8

Esporádicas incursiones seudocríticas, libelos de articulistas de segunda, especuladores y tergiversadores de contenidos y de hechos, que relatan fábulas anecdóticas sobre un grupo de barbudos anarco nihilistas, rebeldes sin causa dedicados a las guayusas, proba­dores de estupefacientes que se cruzaban sus mujeres en un bodevil intelectualoide, y que asustaban a las buenas gentes con unos dizque versos, abruptos y desaliñados, empanizando la tranquila melcocha de los años sesenta, es todo cuando han pretendido trasladar a las nuevas generaciones acerca de los Tzántzicos.

Estos nada encomiables esfuerzos reaccionarios, el hosco y lapidario silencio oficial se han dado, sin embargo, con la piedra en la boca.

Tocando su violín de fino pelo blanco sobre su locomotora de árboles que pasan, el tiempo corre por entre los seres y los aconteci­mientos, dictaminando el valor de cada cosa.

Contradictoriamente a sus esperanzas, es siempre más vivo el interés de intelectuales y no, jóvenes y no, por conocer acerca del movimiento tzántzico. Es tal la estimación real, que hay escritores que reclaman el reconocimiento público de haber formado parte de él, o de haber estado por sus alrededores; que lo ponen, en primer lugar de su curriculum vitae. Otros, jóvenes, habrían querido nacer antes para integrarse a él. Para los más, es un aliento vivificante entre tanta ari­dez, mediocridad y oportunismo. Para algunos de nosotros sigue sien­do vida viva. Los lineamientos estéticos fundamentales, su espíritu irreverente, esencia, básica del arte revolucionario, son ahora correc­tamente utilizados y desarrollados por las nuevas generaciones. Definitivamente, el movimiento tzántzico es un hecho ineludible y trascendente, digno de reflexión y apropiación.

Sí, el movimiento tzántzico dio una respuesta auténtica, creati­va, movilizadora a la demanda ideológico-estética de nuestra literatu­ra en un momento histórico concreto; una propuesta estimulante y multiplicadora cuando la producción poética había entrado en un esta­dio de estancamiento y retroceso.

Se había abandonado el terreno ganado por los escritores de los años treinta, que develaron una de las grandes cortinas de nuestra rea­lidad. Lo hicieron sin detenerse a pensar en sus limitaciones histórico-estilísticas, con la irreverente actitud y la urgencia del encargo social silente pero conminatorio; como verdaderos creadores, de libre pensa­miento comprometido con su pueblo; sin miramientos, contemplacio­nes, academicismos, repudiando los cánones establecidos y apropián­dose con pasión de lo que constituía su esencia vital, su tiempo, sus seres, su paisaje, sus problemas, angustias existenciales y metafísica, para mostramos -y al mundo- un algo desconocido en la literatura hasta ese entonces, un rostro de lo que éramos, brindándonos más con­ciencia de nuestro ser como pueblo, y un tipo de expresión estética sor­prendente.

Maestros del uso del poder de lo irreverente, generaron un nuevo lenguaje con incomprensibles signos y símbolos para algunos, incorporando el vocablo popular ennoblecido a la literatura ecuatoria­na, por lo que fueron negados y silenciados largo tiempo por los deten­tadores del sistema.

De esta tradición se nutre nuestro movimiento, de sus grandes lecciones que aún perviven, todavía no plenamente asimilados por la

gran mayoría de nuestra gente: valioso material humano y estético para quienes estamos interesados en hablar con voz propia.

Un poco de "¡qué tiempos aquellos!"

No siendo historiador, sociólogo, economista ni fotógrafo de parque, no tengo intención de aburrir a nadie con una larga enumera­ción de datos sobre la situación que nos tocó vivir. Tampoco les diré que en aquél tiempo las gallinas costaban veinte sucres, porque los jóvenes pueden imaginarse que los Tzántzicos aparecimos a principio de siglo. Pero sí les recordaré, estimados contemporáneos, que nos tocó vivir la época de los Pareja- Shoes, Marilyn, Elvis, Nixon, Kennedy, El Tío Ho, etc. Hubo una cadena de golpes de Estado, pero del gobernante que más se recuerda era de aquel alto y flaco caballero andante, que tenía pinta de sastre sin trabajo y un dedo descomunal para frenar a las multitudes, y cuyo nombre no me llega a la memoria. Lo pintoresco de este personaje era su constante juramento de que tenía el corazón en la izquierda y a la izquierda en la cárcel. Su más notable declaración fue aquella en la que prohibía la lucha de clases en el Ecuador. Era el tiempo en que URJE encendía los corazones con escenas de montañas y boinas. El petróleo era un mito y, en síntesis, una típica Banana Republic semifeudal, con un pueblo pobre, analfa­beto, enfermo y oprimido, pero siempre rebelde.

Pequeña, intrascendente vida literaria había por aquellos tiem­pos. El criterio aristocratizante del estilo del Conde Jijón y Caamaño, el espíritu feudal de amplias expresiones oscurantistas, junto a la des­interesada información del diario "independiente" y un hálito de auto-conmiseración, conformismo, derrota frente a la vida; la vista al cielo y las rodillas al suelo, formaban a grandes rasgos la sofocante atmós­fera, muy parecida a la cortina de humo que dejan los escapes de los buses en la actualidad:

Como instrucción oficial, se enseñaba la pasta y el nombre, el lugar natal de pocos autores nacionales, particularmente se exigía la lectura de Cumandá y una referencia a las artes marciales de doña Dolores Veintimilla de Galindo. Para los Ministros de Educación del tiempo aquel, la literatura y la poesía ecuatoriana simplemente no exis­tían. Aunque había maestros que se esforzaban por dar a conocer a Jorge Icaza y cuantos más pudieran, como el caso del ilustre profesor don Atanasio Viteri.

Contados escritores podían publicar su obra, y la cola en la Casa de la Cultura crecía tanto que aún en nuestros días no ha terminado de satisfacer la demanda. Los tirajes eran mínimos y el escritor era muy conocido por sus familiares.

Los "poetas" habían convertido a sus declamaciones en telón de fondo de la elección de reinas, en diversión durante las fiestas privadas de algún aburrido mecenas, de condumio para las auto alabanzas y mariposa muerta en las torres de marfil. Como pasas amargas, los ver­sos eran construidos con el lenguaje más académico posible, con la rima consonante en boga. Abismal abismo se había establecido con el ritmo, el color y la cotidianeidad de la vida del pueblo. Un envaneci­miento delirante, homenajes, medallas, títulos, reconocimientos públi­cos, seminarios exclusivos, honoris causa, premios y embajadas para los vates, llenaban el irrespirable reino de la mediocridad. Ya podrán imaginarse; cómo eran aquellos tiempos!

Salvo, claro está, excepcionales excepciones como la del poeta César Dávila Andrade y su verbo catedral.

Tal era el medio que exigía con urgencia el aparecimiento del grupo de poetas de la palabra dura.


Las ideas que encendieron el fuego

¿Cuáles eran las ideas iniciales, las que encendieron el fuego que alimentábamos con impaciencia, noche tras noche, pegando los oídos al canto del acordeón ciegamente enamorado de su nuncajamás?

Evidentemente la nuestra fue, inicialmente, una respuesta bási­ca de sobrevivencia, una oposición vital a lo caduco y atrasado; ideas trasformadoras, radicales y bien orientadas que aparecieran más tarde en el primer Manifiesto publicado en la revista Pucuna:

"Como llegando a los restos de un gran naufragio, llegamos a esto. Llegamos y vimos que, por el contrario, el barco recién se estaba estructurando y que la escoria que existía se debía tan sólo a la falta de conciencia de los constructores.

Mientras pensábamos, nuestra vista topó a todo lado de ese pedazo de tierra con bocas hambrientas, dividido necia y ambiciosa­mente por alambres. Llantos y desolación, y a la vez, fertilidad y rique­za había.

Decidimos hacer algo...

Hoy, simplemente, acudimos -y con nuestro arte- lucharnos. Hemos sentido la necesidad de reducir muchas cabezas.

No decimos que encima de estos restos nos alzaremos nosotros. No. Se alzará por primera vez una conciencia de pueblo, una concien­cia nacida al vislumbre magnífico del arte.

Nuestro paso sobre la tierra no será inútil mientras amanezca­mos al otro lado de la podredumbre, con verdadera decisión de ser hombres aquí y ahora.

Nuestro planteamiento es de ruptura, porque creemos que sola­mente ella se puede apartar y sepultar a la blanda literatura y al arte 'artificio', dejando paso y dando paso robusto a la auténtica expresión poética que busca recuperar este mundo, mostrándolo tal cual es: des­nudo, trágico y, a la vez, alegre y esperanzado.

Sabemos que existe sólo una posibilidad para lograr una buena obra y una verdadera actitud: la rebeldía.

Sin plantear una norma estética, reclamamos una actitud del creador. No tenemos más que esta vida para vivir y tenemos que hacerlo en medio de esta revolución y por este mundo.

No teníamos legajos de noble origen ni apellidos altisonantes. Solo nombres. No teníamos posesiones, excepto la mente clara y las manos limpias. Pero teníamos todo. No había antecedentes, teníamos sed propia. No nos dieron haciendo ni pensando. No esperamos a que otros caminaran, caminamos. No había experiencia, la creamos. Ardientes de conocimientos, asumimos la responsabilidad de una for­mación ideo-estética severa; ubicamos y resolvimos problemas esen­ciales mientras avanzábamos. Partimos de nuestro propio impulso, frente a una realidad viscosa y difícil, atormentada de ídolos y menti­ras históricas, de miseria vergonzante y balas de los opresores.

No surgió nuestro movimiento al calor o influjo de movimien­tos literarios similares, a algunos de ellos los llegamos a conocer años más tarde. Tampoco nuestra presencia se debió al reflejo de la revolu­ción cubana. Cuando esta revolución hubo entrado en órbita signifi­có, por supuesto, un gran sacudimiento general para todo el continen­te. Nos identificamos rápida y correctamente con la suerte de todo ese maravilloso pueblo, con sus carlos pueblas, guillenes, wilfrido lams, barnets y el desfilar de montañas encendidas. Nos sentimos más ani­mados para seguir adelante. Se había quebrado, y para siempre, el mito del fatalismo geográfico. Asumimos esa nueva conciencia.

El movimiento tzántzico fue encontrando los elementos de su ideología y de su estética, en un proceso vital de cuestionamiento y revaloración de lo nuestro, del pasado, de la cultura universal. Desarrollamos el pensamiento crítico, adoptamos una actitud conse­cuente con las necesidades históricas de nuestro pueblo en marcha a su futuro de libertad, y pusimos todo empeño por dinamizar nuestra creatividad.

Ubicados dentro de una corriente ideológica y estética de izquier­da, sostuvimos la necesidad de una asimilación sustancial del Marxismo, así como la imprescindible asunción de una estética cohe­rente, para lo cual penetramos en la textura del naturalismo, el realismo socialista, del surrealismo, el dadaísmo y más corrientes renovadoras.

El estudio crítico de Nietzche, Kierkegaard, del existencialismo sartreano, la teoría de la enajenación de André Gorz, la experiencia de la premonición de los cambios evidenciada por Frantz Fannon en la revolución argelina, etc., también nos fueron útiles.

La tesis sartreana de que los pueblos colonizados y oprimidos "No nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación ínti­ma y radical de lo que han hecho de nosotros", tuvo un gran valor para el encuentro de la autenticidad de la palabra. Este ser que dicen que somos es sólo una apariencia, una imagen falsa de nosotros mismos. Pero de las propias cenizas a las que fuera reducido nuestro ser, emer­gemos, negándonos. En nuestra historicidad como pueblo, en todo el proceso de lucha de clases y antiimperialista, está nuestro verbo, cada palabra golpeada, vilipendiada, acallada por el oscurantismo, es nues­tra, es el yo. Reconocer lo que somos, asumir esa conciencia, mirar en proceso y avanzar negando las "verdades eternas", irreverentes con­tra la opresión establecida, nos dará la fuerza para crear una literatura y una poesía verdaderas.

El nuestro fue un arte militante, conciente y claro de sus come­tidos. Esto marca una gran diferencia con movimientos, aparentemen­te similares, como el Nadaísmo colombiano. Trabajamos con espíritu de cuerpo, desplegada nuestra sensibilidad y creatividad vivimos, actuamos, sentimos, produjimos, polemizamos, argumentamos, removimos y potenciamos. Pasamos de la etapa de la denuncia a la protesta y de ella a la propuesta; al esto-bello que concebíamos en una estética probablemente no plenamente resuelta, pero nuestra.

Todo esto representó un peligro para la estabilidad de los dog­mas. Fuimos atacados con la lápida oficial del silencio, por cada reac­cionario, como pudo. Pero nunca esperamos otra cosa del enemigo. Recordamos al Quijote: "Ladran, Sancho, luego, cabalgamos".

Fuimos y somos enemigos de los opresores, de los falsos estetas, de los falsos poetas, de la mediocridad y el servilismo. No pedimos ni esperamos su respeto, su solidaridad, su consentimiento. Todo ello, y en abundancia, lo encontramos en los ánimos, el calor, la fraternidad sencilla y directa, en el cuestionamiento y apasionado interés por todos aquellos para quienes nuestro verso era una agua esencial, por todos los que tienen sed de grandes cambios.

Romper los esquemas para que surja lo nuevo. Quebrar el dogma para que brote la vida. Enriquecernos para enriquecer. Comprender y asimilar el mundo para llegar al individuo. El es arte un medio de inagotable complejidad, un medio para la comunicación ineludible, buscada. Encontrarnos en los otros. Proponer, inaugurar, crear. Mirar hacia adelante. Escritores populares porque presentamos la causalidad y la alternativa, y no populistas. No a los recursos de los vocingleros demagogos, sí a la espectacularidad necesaria para rom­per la inercia. Cuestionadores, irreverentes, revolucionarios en todo cuanto el inmenso ser que somos y anhelamos pueda expresarse. Esas son algunas de las ideas motrices.

Sobre algunos aportes formales

Dejando de lado la decadente consonancia sin esencia, la des­gastada y cursi imagen que nada aportaba, la concepción académica de la metáfora, el tímido tropo, las conjugaciones verbales arcaicas, las voces elegantes pero vacuas, marcadas por un uso de clase tan eviden­te como rechazado, quebrantamos a las reglas de la concordancia con una sintaxis figurada diferente, rompimos la monotonía, recuperamos múltiples otras voces provenientes de varios ambientes nuevos: del pueblo y sus distintos estratos, de la nueva teoría estética, de la cien­cia, de la cultura mundial, las nuevas palabras creadas y recreadas a propósito, dejamos de lado los viejos e inútiles recursos literarios en boga, batallamos contra el lugar común, contra sus apariencias más visibles y contra toda una expresión global; contra frases enteras, con­ceptos enteros, ideas enteras, imágenes, concepciones, series complejas del mismo lugar común; cuestionamos cada palabra útil, medimos su sonoridad, su trascendencia, sus facetas, sus aristas, sus posibilidades expresivas, trabajamos en el lado oculto de la luna; pasamos del adjeti­vo y lo adjetival, a lo sustantivo, hasta dar con el verdadero motor de un poeta que canta: el verbo que acciona, se apasiona y está; buscamos la síntesis y la claridad, recuperamos un nuevo color, otro paisaje urbano, otros ritmos, un referente ambicioso, universal, un contexto vital.

La recuperación de lo cotidiano popular, así como nuestro pro­ceso ascendente de comprensión de los fenómenos nos condujo, claro está, a toda una temática diferente: desarrollamos nuestros sentidos corporales y humanos, afinando y extendiendo nuestra sensibilidad para que todo encuentro alcanzara, conciente e inconcientemente, una valoración poética; buscamos conocer al hombre en todas sus conexio­nes, estímulos y respuestas, aquellas básicas y naturales y las más pro­fundas y desconocidas: las fuentes de las costumbres, los hábitos, los pensamientos y reflexiones cuya expresión, para otros, era tan insóli­ta, desenfocada, irreverente, despectiva, de una crítica sin tapujos ni amaneramientos; asumimos el castellano-quechua, fruto de la fusión de las culturas y los aportes de la riqueza espiritual negra. Cada una de las relaciones y contactos directos, vivenciales, estéticos con los dife­rentes públicos de intelectuales, de estudiantes universitarios, de la juventud secundaria, de la población barrial semiproletaria, de los obreros industriales, de los trabajadores de servicios, de los empleados públicos, de los campesinos indígenas y no, de los maestros, de las variantes regionales, etc., nos brindó nuevo y rico material de análisis y reflexión y una posibilidad expresiva más rica y compleja, más exi­gente, que nos obligó la dirección de nuestra poética, y junto a ello, a variar el tono, la ubicación, la experimentación, el juego, la utilización de los nuevos sonidos, ritmos, la vida y el aliento diferentes. Esta tarea, claro está, aún no termina.

Por la necesidad de la comunicación como un fin, desarrollamos una poética oral, coloquial, no vertical exclusivamente; nos apoyamos en recursos humorísticos, en el sarcasmo, la farsa, el humor negro, la caricatura. Incorporamos expresiones de la sabiduría popular acumulada en siglos, en los refranes, proverbios, dichos; utilizamos elemen­tos didácticos complejos, teniendo siempre en cuenta la necesidad de la elevación conciencial, vital, de los valores espirituales, y a un públi­co que quiere y sabe pensar y sentir.

La ruptura, la violencia, formaron parte de nuestro trabajo poé­tico. Lo caduco no cae, hay que echarlo abajo. Lo nuevo debe impo­nerse sobre lo viejo. El verso, libre en tantos sentidos, lo trasladamos a otras formas: al grito, al carácter ofensivo, a los elementos teatrales novedosos y estimulantes de la imaginación, al collage propagandísti­co, trabajamos la voz para la entrega oral de la poesía, la escenografía, con elementos esenciales y significantes para la multilateralidad, el movimiento, la puesta en escena, la gestualidad, los textos político-lite­rarios, etc., que dieron a los ACTOS TZANTZICOS su forma concre­ta y particular.

No se puede separar unos y otros elementos, pues todos ellos conformaron el lenguaje nuevo con que enfrentamos la cursilería, la mediocridad, la superficialidad, los prejuicios y la ignorancia; así como fue útil para entregar conciencia crítica, irreverencia, espíritu trasformador; amor por lo nuevo, por la verdad, por lo auténtico, en descargas y mutua relación con el público, de alta calidad estética, de aquella que fuimos capaces.

Ello nos exigía una actitud creadora permanente, una acumula­ción minuciosa de recursos muy variados, un estudio específico del detalle, de la particularidad, una vida audaz, de ruptura contra toda ten­dencia a la comodidad y al conformismo, la búsqueda de lo nuevo, la delicada pero no siempre paciente elaboración del hecho poético.

El método de trabajo colectivo que intervenía antes, con la refle­xión, en el proceso de la resolución y creatividad individual, con la consulta, en la conjugación, unidad y diversidad para la construcción de los actos, en la valoración, con el sondeo de opiniones sobre los resultados. El afianzamiento de un agudo sentido autocrítico y de una crítica sin miramientos pero creativa, positiva, potenciadora, exigente

en la búsqueda de siempre más, más profunda, más altura, más auda­cia. Este método sumamente útil nos permitía aplastar la vanidad en nosotros mismos, superficialidad, autoelogio, conformismo, y no dar paso a la conmiseración y otros rezagos. Cada descubrimiento indivi­dual se convertía en propiedad colectiva, en afirmación, apertura y aplicación múltiple.

Parricidas. Sí. No reconocíamos padre ni madre. No éramos hijos de nadie. Éramos nosotros mismos. Los descubridores que abar­cábamos todo el universo, no los epígonos que se satisfacen con las hojas de los árboles que quedan por el piso. Quemamos las naves para no volver, para tener siempre ante nosotros el camino que había que hacer. Porque así lo quisimos, aprovechamos las lecciones de Bertold Brecht y su distanciamiento que nos permitió llegar directamente a la conciencia; de Maiacowsky, su verbo duro, intransigente, cortante, conminativo; la ternura y la sencillez expositiva de Nazim Hikmet; la angustia metafísica, el humanísimo mundo y los recursos poéticos de César Vallejo; la cadencia, el ritmo, la melodía de Guillen; el valor uni­versal del hombre de Walt Withman, y lo que cada uno pudo y supo encontrar en Cortázar, Carpentier, Asturias, Neruda, etc.

Sí. Fuimos apropiándonos de todo: de Pío Jaramillo Alvarado, Peralta, Benjamín Camón, César Dávila y Gallegos Lara y del resto del mundo. La pasión de Vang Gogh, su color inigualmente sol, de lo clásico europeo y norteamericano, de lo nuevo latinoamericano, del arte y la poética orientales, de la música más elaborada, de Piazola, del jazz, de la samba argentina y la demás música y riqueza poética popular de América Latina. En cada cosa y ser, un encuentro, un apoyo, más horizonte, más solidaridad humana, un punto nuevo. Todo ello junto al esto que somos, estimuló nuestra imaginación, creativi­dad, en un proceso infatigable, particulares y universales. Todo ello no para establecer otra normatividad, que fuera a terminar en códigos dogmáticos, no; si alguna tesis quisiéramos que fuera asumida es la del poder de lo irreverente, de lo revolucionario, esencia de todo tra­bajo creativo, para nombrar lo innombrado, para derrotar la enajena­ción, para unir los espíritus para las grandes batallas hacia el mundo nuevo y el hombre nuevo, hacia el socialismo.

Bien. He aquí que cuando uno se pone muy solemne, hasta los pájaros dejan de cantar y se aburren. Lo bueno de lo que comienza es que alguna vez termina.

No quiero dejar de decir que el nuestro fue un verdadero movi­miento, crecimos vertical y horizontalmente, y al inaugurar otra forma de pensar, actuar y concebir la creación artística, al romper el estatis­mo mental y cuestionar los supuestos eternos, este aliento renovador influyó positivamente en el trabajo de numerosos artistas, poetas, escritores, músicos y teatreros. La lucha ideológica estética fue más profunda; organizamos la Asociación de Artistas y Escritores del Ecuador: revaloramos el sentido y la función de la Casa de la Cultura; actuamos para cambiarle junto a muchos otros intelectuales, pero no con la suficiente fuerza y entereza; nos regamos por América Latina y volvimos siempre más conscientes de que formábamos parte del inmenso pueblo que cubre la faz de la tierra.

No he pretendido hacer la historia del Movimiento Tzántzico, ni justificar lo que, posteriormente, haya sucedido con sus componentes y adláteres, así como tampoco ocultar nuestros errores y limitaciones, pues este no es el juicio final. He revelado algunos puntos de lo que ha sido negado, aquello que ocupó nuestro tiempo más importante. En la poca obra publicada se encuentran partes de estos esfuerzos, pero nuestra producción no se circunscribe sólo a libros, sino a un hecho literario colectivo, vivido con toda pasión poética y revolucionaria.

*Conferencia dictada durante el encuentro “Cultura entre dos crisis”, Municipio de Quito, 1988.- Revista Diablo Huma, 1981 (primera parte)

miércoles, 14 de noviembre de 2007

La pedagogía popular de la comunicación




Por Claudia Korol 1*

La pedagogía popular de la comunicación, en el diálogo de diversidades, y en la creación de alternativas al pensamiento hegemónico.

Tanto en los procesos de resistencias populares al neoliberalismo, como en las nuevas alternativas que se van generando al mismo, los movimientos sociales han ido creando herramientas, códigos, símbolos, lenguajes, señales, en los que subyace una pedagogía popular que concibe a la comunicación como un momento fundante de la praxis transformadora.

Es una pedagogía que hace de la comunicación interpersonal en los movimientos, entre los movimientos populares, y de estos con el resto de la sociedad, dimensiones concretas que requieren ser trabajadas como parte de la batalla cultural contrahegemónica. Una pedagogía que intenta crear lazos firmes entre lo que dice y lo que hace, entre lo que muestra y lo que es, entre teorías y prácticas, entre información y formación.

Las palabras, en la pedagogía auténticamente popular, tienen la densidad de los actos. "Pedagogía del ejemplo", llaman los Sin Tierra del Brasil, a esta manera de comunicar con el testimonio de vida; con representaciones de gestos que existen, que son, o metáforas de un mundo deseado, por el que se está dispuesto a luchar de cara al futuro, mientras se van realizando ensayos en los proyectos cotidianos. Son palabras que señalan, que adivinan, que pelean sentidos, que atraviesan históricas incomprensiones.

Es la comunicación que se encarna en prácticas sociales colectivas, comunitarias, que visibilizan lo ocultado, que develan las muchas miradas del mundo producidas simultáneamente desde distintas experiencias, sin privilegiar unas sobre otras, sino haciendo de las diferencias el punto de partida para posibles encuentros.

La incomunicación como estrategia de la dominación
En los años 80, como consecuencia de varios factores, entre ellos el impacto de las dictaduras que se extendieron en gran parte de América Latina, la brusca interrupción de la "vía chilena al socialismo" como consecuencia del golpe de estado avalado por los EE.UU., la no concreción de algunos proyectos revolucionarios en curso en Centro América, la caída del Muro de Berlín y la frustración de la experiencia del Este Europeo, la expansión del ideario neoliberal contenido en el Consenso de Washington, la contrarrevolución conservadora de Reagan y Thatcher, se creó un imaginario de derrota de las revoluciones, de clausura de las utopías, de triunfo de una cultura de mercado, en donde las ideas, los valores, los sueños, los sentimientos y los cuerpos, podían ser comprados y vendidos, de acuerdo a los parámetros de un sistema en el que todo, desde el agua, hasta la tierra y la vida se pretenden mercantilizar.

Sobre este escenario subjetivo, se expandieron las nociones predicadas por la postmodernidad, que devaluaron los proyectos políticos revolucionarios, las pasiones que ellos encarnaban, las prácticas sociales colectivas, los sentimientos que se creían trascendentes; subsumiendo a la cultura en la modorra del fragmento, a la política en el objetivo del cortoplazo pragmático y del "vale todo", despreciando las ideologías y las prácticas reales o simbólicas anticapitalistas, volviendo todo descartable y efímero.

En un tiempo en el que los avances tecnológicos permiten globalizar el conocimiento de lo que sucede en el mundo, así como de lo que se estudia y se dice sobre esto; se produjo sin embargo un doble efecto: conviven y van conformando la subjetividad de esta época, la saturación informativa y la incomunicación alienante.

Las distancias creadas por la política hegemónica, entre las imágenes y dichos que saturan los medios de comunicación de masas -construyendo una percepción del mundo funcional a la dominación-; y el ancho campo de las resistencias, los dolores y las esperanzas populares, llevan al desencuentro de las palabras con sus significados, de las imágenes que consumimos con las representaciones de nuestros actos. Esto provoca una fuerte enajenación de los sujetos.

Nos volvemos espectadores/as de una historia en la que nuestra actuación queda invisibilizada. El protagonismo de los cuerpos en las acciones colectivas se metamorfosea en representaciones distorsionadas, ahistóricas, como un collage de "situaciones" emergentes disociadas de proyectos, de raíces y de posibles frutos. La dificultad para inscribir las imágenes espasmódicas en procesos, aumenta la confusión y la sensación de malestar. La creencia sobre la realización o frustración personal y de los proyectos se mide en el instante.

La comunicación en formato "zapping" agudiza la ruptura de la comprensión de las relaciones causa-efecto, y en consecuencia, del rol de los sujetos colectivos en la historia. Se abre así el espacio para interpretaciones mesiánicas, para los fundamentalismos, para la exacerbación de los individualismos; y también para la brusca frustración de cada una de las creencias en los fetiches sucesivos creados por el mercado.

La sociedad de consumo tiene como parte inherente de su propia existencia, la generación de mensajes y estímulos que producen necesidades y ansiedades, funcionales para legitimar la reproducción ampliada del capital. La producción de mercancías, que pese al avance tecnológico tienen un valor de uso cada vez más efímero, requiere para continuar su ciclo, de una demanda exasperada.

Los mensajes y estímulos que consumimos, tienen más densidad e impacto que las noticias. La cultura consumista encuentra su contracara en la perversión de las ideas, representaciones y sentimientos que nos consumen, sobre lo que es necesario "tener" para ser, para existir en este tiempo.

Los medios de comunicación de masas son los principales productores de estas informaciones alienantes, estimulando una manera de estar en el mundo atravesada por la imposibilidad de satisfacer las necesidades creadas por la sociedad de consumo, y por la angustia permanente frente a ello. A lo que se agrega la incapacidad de reaccionar frente a los hechos que se suceden vertiginosamente en las pantallas de las TVs; o en los informativos de los diarios y radios, que pueden dar cuenta simultáneamente de las políticas de destrucción de la naturaleza, de las guerras e invasiones que se multiplican en nuestras narices, o de la imposibilidad de vivir sin consumir un refresco o de progresar sin un celular de última generación.

La incomunicación es parte de la vida cotidiana actual, de las estrategias del poder para acentuar el individualismo, la fragmentación, el escepticismo, la depresión, y la desesperanza. Seres humanos aislados, desencontrados con sus pares y consigo mismos, se van sintiendo cada vez más perplejos frente al mundo.

Esta generalizada sensación de dificultad para la comprensión del mundo, se acentúa de acuerdo a las culturas, las generaciones, las clases de las que se provenga; acentuando las incomprensiones y en consecuencia, la fragmentación social.

Tenemos dificultades para comprendernos entre las distintas generaciones, entre los diferentes pueblos, entre las diversas experiencias populares. Hay códigos que muchas veces se vuelven barreras infranqueables, que potencian los procesos de disociación social. Los sujetos se vulnerabilizan, las identidades se diluyen, las solidaridades se desvanecen.

La necesidad de constitución de sujetos colectivos con capacidad de transformación, tiene como condición la posibilidad de que exista una comunicación que favorezca los procesos de identificación, de comprensión de las diferencias y sus fundamentos, la capacidad de discriminar entre el diferente y el antagónico, y la creatividad para hilvanar, no en un único relato, sino en un abanico de relatos comprensibles y dialogantes entre sí, los fragmentos de un discurso roto y de un lenguaje mutilado por las dictaduras militares, así como por la dictadura mediática del pensamiento único.

Comunicarnos para comprender
En este contexto se vuelve fundamental compartir y comprender los sentidos con que intentamos nuestras transformaciones. Comprender y comprendernos, y para ello comunicarnos y comunicar.

Para asumir este desafío, los movimientos populares han multiplicado iniciativas político-culturales, que dan cuenta de una enorme creatividad (forjada y educada en el esfuerzo de sobrevivir en tiempos de exclusión). Estas iniciativas hablan de nuevas maneras de entender la militancia, el compromiso social, en las que se revaloriza la lucha cultural en la renovación del imaginario popular sobre las posibilidades del cambio social y en las que se forman los nuevos intelectuales orgánicos de los movimientos populares.

La recreación del imaginario popular, se viene realizando en claves comunicacionales propias de estos movimientos. No desde la nostalgia conservadora, que pretende anclar las transformaciones sociales en la restauración de los mundos perdidos, sino desde la posibilidad de revolucionar simultáneamente al mundo actual así como la memoria de anteriores resistencias.
Radios comunitarias, páginas de Internet, boletines, experiencias de TV realizadas de manera comunitaria desde los movimientos populares, videos, graffitis callejeros, libros, "marchas y actos que comunican", performance, redes de información alternativa, agencias de comunicación, murgas, teatro del oprimido, diversas formas de arte popular, son parte de las muchas herramientas apropiadas por los movimientos sociales para expresar sus esfuerzos de transformación del mundo.

La metodología con que se producen estas herramientas, en muchos casos son parte de la pedagogía popular, que permite que al tiempo que se discute qué y cómo comunicar, se sistematicen experiencias, se creen conocimientos a partir de estos análisis, se teorice desde las prácticas, se forjen sentidos, se simbolice, se decodifique.

Las tensiones entre la diversidad de sujetos que expresan crecientemente sus demandas, y los proyectos en los que intentan articularse resistencias más enérgicas y alternativas populares, tienen en la comunicación, un lugar para nuevas prácticas políticas de creación colectiva, de saberes, y de invención de códigos comunes que permitan interpretar las búsquedas emancipatorias.

La pedagogía popular de la comunicación hace del diálogo y de la pregunta, algunos de los momentos fundamentales. La pregunta, la escucha, son tan importantes como la respuesta y la opinión.

La posibilidad de cuestionar y cuestionarnos nuestras propias afirmaciones, de tratar de descubrir cuántas huellas de la cultura hegemónica pueden estar marcando nuestras creencias, es una manera de disponernos a poner nuestros cuerpos en el juego de la transformación. Es animarse a quitarnos las máscaras de las apariencias, y dejarnos atravesar por el dolor de desaprender la opresión, para experimentar más que proclamar los cambios necesarios. Caminar sobre esas huellas una y otra vez, para no perder el origen, para descubrir que en nuestras concepciones o en nuestros sentires asoma el prejuicio racista, la moralidad burguesa, la naturalización de la cotidianidad patriarcal, el sentido común de quienes han hecho un mundo descartable, es un ejercicio imprescindible para descolonizar nuestra cultura popular, en las batallas por las múltiples identidades que nos constituyen como pueblos.

Hacia la descolonización del pensamiento crítico latinoamericano
Uno de los talones de Aquiles en nuestros esfuerzos por cambiar al mundo, durante todo el siglo 20, ha sido la presencia en nuestro pensamiento de fuertes incrustaciones dogmáticas y liberales.

El eurocentrismo, el iluminismo, el positivismo, reforzaron la base cultural colonizada del pensamiento dominante en la izquierda, y en franjas amplias de la producción académica de las ciencias sociales. Esto generó una fuerte distancia con las culturas de resistencia de los pueblos originarios. En muchos lugares este desencuentro reforzó el aislamiento de las batallas de estos pueblos; sus esfuerzos de resistencia silenciosa al genocidio cultural; empobreciendo al mismo tiempo al pensamiento crítico.

Los dos genocidios fundantes del capitalismo en América Latina: el de los pueblos originarios, y el de los afrodescendientes, fueron reducidos de este modo a meros capítulos sin mayores consecuencias en el relato histórico, más devaluados aún en la mirada sobre los desafíos actuales de los proyectos alternativos.

Temas que hoy se ponen en debate, como son la defensa del patrimonio cultural de los pueblos, las batallas contra el saqueo de los bienes de la naturaleza, la lucha contra la depredación de las posibilidades de vida en el planeta, forman parte, dichos con otros lenguajes y en otras perspectivas, de la diversidad de cosmovisiones de nuestros pueblos.

Su visibilización a partir del año 1992, en el marco de los 500 años de resistencia indígena, negra y popular, y después del levantamiento zapatista en Chiapas, en 1994, en el contexto de una crisis y desorientación gigantesca de la izquierda, en sus diversas corrientes, permitió otro diálogo entre estas tradiciones emancipatorias. Los levantamientos en Ecuador y Bolivia, la llegada al gobierno de Evo Morales, colocaron en un nuevo espacio del pensamiento latinoamericano al conjunto de estos aportes.

La aprobación en la ONU de la Declaración de derechos de los Pueblos Indígenas, recientemente, da cuenta de este cambio de paradigmas, que impacta especialmente a la región (teniendo en cuenta que con la excepción de Colombia, todos los países latinoamericanos la apoyaron).
Pero mientras esto sucede, continúa la realización de proyectos que en nombre del desarrollo, multiplican la depredación de la naturaleza, la expropiación de sus territorios, y la criminalización de los movimientos que resisten estos atropellos. Sin existir una resolución sencilla de estos conflictos, el primer tema que aparece es la urgencia de dialogar sobre los mismos no desde preconceptos, sino fundando, junto a la afirmación de la necesidad de crear un poder popular con capacidad de desafiar al poderío imperialista, contando para ello con posibilidades materiales de autosuficiencia y autodeterminación; la posibilidad de avanzar simultáneamente en la descolonización de los saberes, que permita imaginar colectivamente la sociedad y el mundo en que queremos vivir.

La comunicación en estos casos, entre las fuerzas del Estado y los movimientos populares, está interferida por intereses concretos que resultan contradictorios. La búsqueda de superar la contradicción puede basarse en la prioridad política de que todas las alternativas, apunten fundamentalmente a la constitución del sujeto histórico de las transformaciones.
Es importante para ello hacer más sistemático el diálogo, no sólo en pos de una mayor comprensión de los puntos de partida de cada grupo o sector social emancipatorio; sino también para poner en debate las estrategias de lucha política (unidad, nde) y de creación de alternativas populares en el nuevo milenio.

Cuando en muchos de nuestros países se proclama la integración del continente en una propuesta como el ALBA, cuando en algunos de ellos se propone como horizonte el socialismo del siglo 21, el lugar de la comunicación pasa a ser estratégico ya no sólo para la creación de redes de resistencias a las políticas imperialistas, sino también para el ejercicio de un modelo de integración que no reproduzca imposiciones ni colonizaciones de unos países sobre otros.
Las relaciones interestatales, los diálogos entre los gobiernos y movimientos populares, hoy exigen pensar en nuevas dinámicas de interacción, respetuosas de los tiempos y de las demandas de cada sujeto, y de los sujetos colectivos que participan en estos procesos.
En esta dirección, la comunicación tiene que atender también a la complejidad de signos y de lenguajes de los pueblos.

Si es cierto que los avances en el terreno tecnológico favorecen la posibilidad de crear nuevas redes de información, de interconexión y de diálogo, existe también el riesgo de que se aumente la brecha entre un activismo informado, y las bases de los movimientos que no acceden a estas tecnologías.

Popularizar las posibilidades de acceso a las diversas formas de comunicación, es una condición para democratizar las alternativas, en función de garantizar el protagonismo popular, y de no generar nuevos fetiches alienantes en nuestros propios movimientos como puede ser el manejo de los medios alternativos de comunicación en manos de unos pocos.
Acompañar esta democratización, con procesos de educación popular y de formación política que creen capacidades de interpretación de la masa de comunicaciones que se genera, es también uno de los desafíos.

Una vez más, es necesario decir que los procesos de cambio y transformación social, encuentran sus raíces en la base de los movimientos, y no en los despachos estatales. Las creaciones de poder popular, pueden ser estimuladas desde políticas de redistribución de la riqueza, de educación de masas, de procesos políticos "de empoderamiento" promovidos "desde arriba". Sin embargo, la perspectiva de continuidad en el tiempo y de arraigo permanente de estos procesos, en todos los casos, se afirma en la existencia real de sujetos populares que se constituyan con autonomía política, capacidad de acción colectiva, de control sobre los eventuales gobiernos, y de diálogo entre sus demandas y las interpretaciones de las mismas por parte de los funcionarios del Estado.

La integración de las redes y proyectos de comunicación alternativos, y la educación popular, son entonces dimensiones específicas contrahegemónicas, para una batalla cultural que en condiciones de extremo desequilibrio, puede hacer sin embargo de la creatividad popular, la imaginación, la sensibilidad, la potencia simbólica, las armas secretas contra la alienación y el aburrimiento que ofrece como horizonte cultural el capitalismo.

1. Ponencia en "Conversatorio: comunicación en clave de movimientos sociales", en la Universidad Andina Simón Bolívar. * Claudia Korol es Secretaria de redacción de América Libre