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viernes, 21 de noviembre de 2008

MOVIMIENTO DEMOLICION

Viernes 28 de noviembre
ESTE CAFE, Juan León Mera y Wilson, Quito

TOMANDO COMO MEMORIOSO REFERENTE AL
15 DE NOVIEMBRE DE 1922

Y AL MAESTRO JOAQUÍN GALLEGOS LARA

Demolición en Movimiento


ANUNCIA EL LANZAMIENTO DE SU PRIMERA ESPIRAL DE PUBLICACIONES:

Cruces Sobre el Fuego

PUBLICACIONES QUE CONSTITUYEN EL RESULTADO DEL TRABAJO SOLIDARIO Y AUTOGESTIONARIO DE LOS GRUPOS: K-Oz/ ULTIMATUM PALABRA IMAGEN Y ASÍ EDICIONES

Las primeras publicaciones y sus autores son los siguientes:

10/80 VENENO PARA POETAS Antología poética: 10 Poetas ecuatorianos de los 80 – DETRITUS Relatos de demolición, Julio César Enríquez – BUSCANDO DUEÑO Poemas, Valery Rosero – MI SOMBRA Y SU BOÍNA Poemas, Alfonso Murriagui Valverde – EVOCACIÓN DEL INSTINTO Poemas, Martha Garcés – MI PAÍS EN CLAVE DE RE Poemas, Orgidor Erriuga – TALLER DE LUZ Poemas, Diego Velasco Andrade – CÓNCAVO Y CONVEXO Antipoemas de amor, Makarios Oviedo – POEMEROS Poesía, Hugo Jaramillo – AGENDA PAGANA Poesía, Pablo Yépez Maldonado – EN EL BRAILE DE TU PIEL Poesía, Darío Ramos

DEMOLICIÓN
Arrasar el acomodo
Arruinar las ilusiones sin asidero
Asolar el festival de consagraciones
Devastar la hipertrofiada conciencia nacional
Devorar a manos llenas la pasión y el presente
Desmantelar la palabra y los discursos
Desbaratar los homenajes a los poetas profesionales
Deshacer la historia en jugo de limón tierno
Descomponer el libreto y la sintaxis
Roturar la tierra para procrear y soñar
Hendir nuestra simiente en los dos hemisferios
Quebrantar la modernidad y sus profetas
Desintegrar la comodidad de nuestras ideas fijas
Pulverizar nuestro partenón de vacas sagradas
Desmembrar el silencio y la complicidad
Derrocar dictócratas autócratas reyezuelos de toda laya
Socavar las bases de las verdades eternas
Minar las religiones
Destruir los templos
Desmenuzar sacerdotes
Moler las banderas y los partidos
Desgarrar, Aniquilar
DEMOLER
DEMOLERNOS
DE MOLER SON

domingo, 16 de noviembre de 2008

Las CRUCES sobre el AGUA


15 de noviembre de 1922

La sensibilidad de un hombre logra recoger la masacre de las tropas militares del gobierno de Tamayo, en una novela que se quedará entre nosotros para siempre, y cuyo testimonio da cuenta de la primera acción política que pone en el centro de la lucha social a la clase obrera del Ecuador.

La primera información sobre la aparición de esta novela, destinada a convertirse en una de las obras literarias más importantes de la literatura ecuatoriana y latinoamericana, aparece en el No. l3 de la Revista “Letras del Ecuador”, publicación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, con el epígrafe de “Periódico de Literatura y Arte”, correspondiente al mes de mayo de l946.

El autor de la nota bibliográfica es Pedro Jorge Vera, entonces un joven escritor, también guayaquileño, autor de poemas y cuentos que, pocos meses después, publicará su primera novela “Los Animales Puros”, editada en Buenos Aires por la Editorial Futuro.

Al iniciar su comentario Vera destaca que “Las Cruces sobre el Agua” es “la novela de Guayaquil como jamás se ha escrito otra, tal es la plasticidad, vigor y autenticidad de elementos con que la ciudad está aquí reconstruida.- Ni siquiera en el poema la ciudad huancavilca ha sido exaltada con tanto amor, en su gallardía y en su miseria, como en esta novela que acaba de salir de las prensas”.

En otra parte de su comentario, Pedro Jorge Vera vaticina que el autor de esta novela será calificado de tendencioso por aquellos que reclaman una literatura asexuada, sin olor ni sabor y afirma: “Que le pregunten a cualquier guayaquileño que sea de verdad, si las historias de esta novela no constituyen la oscura, hermosa y terrible vida cotidiana de Guayaquil, exaltada, iluminada y oscurecida por la pluma vigorosa de un gran estilista”.

Pero no solamente es Pedro Jorge Vera el que comenta sobre la aparición de esta novela; a lo largo del año l946, en Letras del Ecuador aparecen comentarios de varios críticos contemporáneos como Ghitman Beider quien afirma que “Con LAS CRUCES SOBRE EL AGUA se ha enriquecido en forma por demás notable la novelística ecuatoriana, que tiene un puesto tan brillante en América”.

Por otro lado, en agosto de ese año, Cristóbal Garcés Larrea, poeta y crítico guayaquileño, afirma: “Después de un largo paréntesis de silencio en el que Joaquín Gallegos Lara estaba entregado con todas las fuerzas de su espíritu a las luchas políticas, a la estructuración de un partido de avanzada, y al periodismo combativo y constructivo, vuelve hoy este gran novelista a contarnos en LAS CRUCES SOBRE EL AGUA, su obra consagratoria, la historia dolorosa, humilde y siempre grande de la ciudad porteña. Viene a decirnos verdades amargas, con un realismo tan desnudo, que a veces nos asusta; pero Gallegos Lara no ha falseado nada, conoce a su pueblo y por eso nos muestra, sin reticencias, nuestra triste realidad”. A renglón seguido afirma: “Algunos intelectuales han acusado a Gallegos Lara de abusar del feísmo. ¿Habrá feísmo en LAS CRUCES SOBRE EL AGUA? Lo que hay es una verdad tajante, esa misma verdad que no queremos ver y que sin embargo nos quema los ojos y que hombres como Gallegos Lara, conscientes de su misión histórica y su rol de escritor, no temen sino que la descubren y vitalizan”.

El poeta y crítico de arte Jorge Guerrero, en ese mismo año, afirma: “Creemos que la novela de Gallegos Lara será duradera; está hecha con amor y rudeza, con dolor y rebeldía, sentimientos y maneras que, superando lo puramente literario, hacen que la obra escrita sea valedera ahora y siempre”.

“Las cruces sobre el agua” es todo lo que se ha afirmado en los párrafos anteriores; pero, sobre todo, es una valiente y patética denuncia sobre la brutal represión ejercida contra el pueblo de Guayaquil, obreros, artesanos, empleados, que fueron asesinados cobardemente por la soldadesca envilecida que “cumplía órdenes superiores”. Las víctimas de la masacre fueron lanzados al Río Guayas, para ocultar las evidencias. Desde entonces, las gentes humildes, el pueblo guayaquileño, cuando llega el l5 de noviembre lanzan sobre la Ría unas cruces negras iluminadas con velas, demostrando que aun está viva su solidaridad y su protesta.

“Las ligeras ondas hacían cabecear bajo la lluvia las cruces negras, destacándose contra la lejanía plomiza del puerto. Alfonso pensó que, como el cargador le decía, alguien se acordaba. Quizás esas cruces eran la última esperanza del pueblo ecuatoriano”. Este es el párrafo final de la novela. 

Alfonso Murriagui

lunes, 22 de septiembre de 2008

El Guaraguao

Compartimos con nuestros amigos, la lectura de un trabajo excepcional, de uno de nuestros grandes. Y lo hacemos en momentos en que el humanismo, la ternura y la solidaridad, vuelve a nosotros de a poco, con esta gran corriente democrática en América Latina y el anhelo ferviente de cambio palpitando en los pechos de millones de gentes a lo largo del continente.
Atrás van quedando el neoliberalismo y sus estigmas; el desencanto, el quemeimportismo, el egoismo a ultranza de los grandes capitalistas y el vaciar de contenido a las artes para que se instale el formalismo pretendidamente neutral como pregonan algunos ilustres escritores instalados en ultramar, lejos de la verde latinoamérica.
Aquellas laceraciones están retrocediendo y dando paso a otras sensibilidades, a renovadas formas de ver lo social, a retomar lo gregario, los conjuntos, los abrazos. El arte en nuestro país y en otros lares de nuestra gran patria, incorpora con entusiasmo una cotidianeidad rebelde, indómita, diferente al letargo de no hace mucho. Les invitamos pues a disfrutar de este sabrozo retazo de nuestras vidas.


Joaquín Gallegos Lara

Era una especie de hombre. Huraño, solo: con una escopeta de cargar por la boca un guaraguao.
Un guaraguao de roja cresta, pico férreo, cuello aguarico, grandes uñas y plumaje negro. Del porte de un pavo chico.
Un guaraguao es, naturalmente, un capitán de gallinazos. Es el que huele de más lejos la podredumbre de las bestias muertas para dirigir el enjambre.
Pero este guaraguao iba volando alrededor o posado en el cañón de te escopeta de nuestra especie de hombre.
Cazaban garzas. El hombre las tiraba y el guaraguao volaba y desde media poza las traía en las garras como un gerifalte.
Iban solamente a comprar pólvora y municiones a los pueblos. Y a vender las plumas conseguidas. Allá le decían "Chancho-rengo".
-Ej er diablo er muy pícaro pero siace er Chancho-rengo...
Cuando reunía siquiera dos libras de plumas se las iba a vender a los chinos dueños de pulperías.
Ellos le daban quince o veinte sucres por lo que valía lo menos cien.
Chancho-rengo lo sabía. Pero le daba pereza disputar. Además no necesitaba mucho para su vida. Vestía andrajos. Vagaba en el monte.
Era un negro de finas facciones y labios sonrientes que hablaban poco.
Suponíase que había venido de Esmeraldas. Al preguntarle sobre el guaraguao decía:
-Lo recogí de puro fregao... Luei criao donde chiquito, er nombre ej Arfonso.
-¿Por qué Arfonso?
-Porque así me nació ponesle.
Una vez trajo al pueblo cuatro libras de plumas en vez de dos. Los chinos le dieron cincuenta sucres.
Los Sánchez lo vieron entrar con tanta pluma que supusieron que sacaría lo menos doscientos.
Los Sánchez eran dos hermanos. Medio peones de Un rico, medio sus esbirros y "guardaespaldas".
Y cuando gastados ya diez de los cincuenta sucres, Chancho-rengo se iba a su monte, lo acecharon.
Era oscuro. Con la escopeta al hombro y en ella parado el guaraguao, caminaba.
No tuvo tiempo de defenderse. Ni de gritar. Los machetes cayeron sobre él de todos lados. Saltó por un lado la escopeta y con ella el guaraguao.
Los asesinos se agacharon sobre el caído. Reían suavemente. Cogieron el fajo de billetes que creían copioso.
De pronto. Serafín, el mayor de los hermanos, chilló:
- ¡Ayayay! ¡Ñaño, me ha picao una lechuza! Pedro, el otro, sintió el aleteo casi en la cara. Algo alado estaba allí. En la sombra. Algo que defendía al muerto.
Tuvieron miedo. Huyeron.
Toda la noche estuvo Chancho-rengo arrojado en la hojarasca. No estaba muerto: se moría.
Nada iguala la crueldad de lo ciego y el machete meneado ciegamente le dejó un mechoncillo de hilachas de vida.
El frío de la madrugada. Una cosa pesaba en su pecho. Movió casi no podía la mano. Tocó algo áspero y entreabrió los ojos.
El alba floreaba de violetas los huecos del follaje que hacía encima un techo.
Le parecía un cuarto. El cuarto de un velorio. Con raras cortinas azules y negras.
Lo que tenía en el pecho era el guaraguao.
-Aja eres vos, ¿Arfonso? No... No... me comas... un... hijo... no... muesde... ar...padre... loj...otros...
El día acabó de llegar. Cantaron los gallos de monte. Un vuelo de chocotas muy bajo: muchísimas. Otro de chiques, más alto.
Una banda de micos de rama en rama cruzó chillando.
Un gallinazo pasó arribísima.
Debía haber visto.
Empezó a trazar amplios círculos en su vuelo. Apareció otro y comenzó la ronda negra.
Vinieron más. Como moscas. Cerraron los círculos. Cayeron en loopings.
Iniciaron la bajada de la hoja seca. Estaban alegres y lo tenían seguro.
¿Se retardarían cazando nubes?
Uno se posó tímido en la hierba, a poca distancia.
El hombre es temible aún después de muerto.
Grave como un obispo, tendió su cabeza morada. Y vio al guaraguao.
Lo tomaría por un avanzado. Se halló más seguro y adelantóse. Vinieron más y se aproximaron aleteando. Bullicio de los preparativos del banquete.
Y pasó algo extraño.
El guaraguao como gallo en su gallinero atacó, espoleó, atropello. Resentidos se separaron, volando a medias, todos los gallinazos. A cierta distancia parecieron conferenciar: ¡qué egoísta! ¡Lo quería para él sólo!
Encendía la mañana. Todos los intentos fueron rechazados. Un chorro verde de loros pasó metiendo bulla. Los gallinazos volaron cobardemente más lejos.
Al medio día la sangre del cadáver estaba cubierta de moscas y apestaba.
Las heridas, la boca, los ojos, amoratados.
El olor incitaba el apetito de los viudos. Vino otro guaraguao. Alfonso, el de Chancho-rengo, lo esperó, cuadrándose. Sin ring. Sin cancha. No eran ni boxeadores ni gallos. Encarnizadamente pelearon.
Alfonso perdió el ojo derecho pero mató a su enemigo de un espolazo en el cráneo. Y prosiguió espantando a sus congéneres.
Volvió la noche a sentarse sobre la sabana.
Fue así como...Ocho días más tarde encontraron el cadáver de Chancho-rengo. Podrido y con un guaraguao terriblemente flaco -hueso y pluma- muerto a su lado.
Estaba comido de gusanos y dé hormigas no tenía la huella de un solo picotazo.
Fin

viernes, 22 de agosto de 2008

Quien fue Joaquin Gallegos Lara

Joaquín Gallegos Lara nace en Guayaquil el año 1911.

Quienes lo conocieron dicen de Joaquín Gallegos Lara que padecía una grave malformación en las piernas, hasta el punto de verse obligado a caminar siempre apoyado en los hombros de sus parientes o amigos.

Tenía once años de edad cuando vivió, a su manera, los hechos que luego convertiría en su gran novela: "Las cruces sobre el agua".

Contaba diecinueve años cuando irrumpe en la literatura ecuatoriana con un libro de cuentos titulado "Los que se van", en el que participan también Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert. Estos forman el núcleo de escritores llamado "grupo de Guayaquil" y posteriormente "Los cinco de Guayaquil", una vez sumados José de la Cuadra y Alfredo Pareja Diezcanseco. "Los que se van" causó revuelo, rechazo por parte de algunos e incertidumbre de muchos. Los autores y el libro fueron acusados de brutales y exagerados en sus relatos sobre la cotidianeidad de la gente del campo costeño. Hoy, sin embargo, reasentada la polvareda de su aparición, "Los que se van" es reconocida como una de las piezas más significativas de la narrativa ecuatoriana.

Gallegos Lara militó fervorosamente en el Partido Comunista Ecuatoriano y combatió activamente a políticos e intelectuales de clase media que, según decía, pretendían erigirse en la dirección revolucionaria del país: "En Ecuador no se leen libros ecuatorianos. Los artículos periodísticos no se pagan. Los profesionales reciben honorarios ridículos, fuera de tres burgueses de cartel. Los estudiantes carecen de libros. El que quiere ser artista muere de hambre o tiene que ser alcahuete de un gamonal para subsistir. Como resultado de las condiciones económicas de su vida, y salvo una minoría de honestos y pobres, los intelectuales de Ecuador tienen un temperamento prostituido". (R.D. Buitrón, 1993)

LAS CRUCES SOBRE EL AGUA

El 15 de noviembre de 1922 es un suceso que parte al Ecuador entre lo que hasta entonces fue y lo que desde ese día comenzó a ser. Por ello la polémica se mantiene entre quienes no creen que ocurriera y quienes saben hasta qué punto es cierto; entre quienes intentan minimizar la importancia del suceso para la historia nacional y quienes hablan de aquella fecha como la del bautismo de sangre de la clase obrera ecuatoriana.

El 15 de noviembre de 1922 es, por eso, realidad y leyenda.

Real porque sucedió. Las crónicas de los periódicos de la época, los estudios y los testimonios posteriores y las referencias históricas así lo confirman. Diferencias de matices existen en cuanto a la magnitud del movimiento obrero y popular y en cuanto al alcance de la represión gubernamental, las protestas contra éste y al malestar que le siguió. La inmensa mayoría de los historiadores nacionales coincide, sin embargo, en señalar una nítida y precisa división entre el Ecuador anterior a aquel 15 de noviembre, sin organización obrera ni expresión reivindicativa popular, y el Ecuador donde ya comienza a forjarse el movimiento sindical, obrero y campesino, cuyas luchas, frustraciones y conquistas corresponderá juzgar sólo cuando llegue el tiempo.

Leyenda porque traduce algo que es una constante histórica y social del país, una constante que a lo largo del siglo para los ecuatorianos ha sido y es sueño o pesadilla, pasión o indiferencia, pasado de gloria o imposible futuro, verdad de muerte o ficción importada.

En el 1900 el puerto marítimo de Guayaquil concentraba la mayor riqueza del país gracias al auge cacaotero mundial, uno de cuyos principales protagonistas como exportador en el Ecuador.

A Guayaquil se le llamaba la "Perla del Pacifico" y reunía una diversidad insólita de inmigrantes nacionales y extranjeros, que llegaron al puerto atraídos por el fascinante aroma del cacao el extraordinario progreso que, se decía, estaba trayendo la venta del producto en los grandes países capitalistas.

Los terratenientes cacaoteros y sus familias vivían en París. A la sombra de sus posesiones floreció en Guayaquil una burguesía comercial y financiera, que se entretenía en esperar anhelante al inmigrante español o italiano, vestir de seda y plumas, comprar pianos y ser espectadores de las modas artísticas importadas de Europa. Entre tanto, los inmigrantes ecuatorianos, aquellos montuvios e indios de costa y sierra, que llegaron a Guayaquil persiguiendo el mismo olor del cacao y se convirtieron en cargadores, estibadores, escogedores y secadores del grano, levantaron sus casuchas junto a las de los obreros de las primeras fábricas y las de los artesanos. Las diferencias sociales que se establecieron de principio abrieron una brecha enorme entre quienes lo tenían todo y quienes todo lo soñaban.

De pronto, las plagas diezmaron las grandes plantaciones de cacao. En el mercado internacional cayó bruscamente el precio del producto. El gobierno defendió a los exportadores y a los banqueros, mediante sucesivas devaluaciones del sucre que afectaron gravemente a la clase media y, en especial, a los más pobres. Salario y trabajo se volvieron inciertos e insuficientes; los pocos que trabajaban cada día se sentían mal pagados o robados; las epidemias se cebaron en quienes carecían de los más elementales servicios y recursos.

Para 1921 la crisis se desbordaba. El cacao se acabó. La gente que antes se salvó de la peste moría ahora de hambre en las calles.

Apenas veinte años después de la revolución liberal de 1895 (Eloy Alfaro, Plaza Gutiérrez, Lisardo García), el pueblo sintió que aquel liberalismo triunfante lo había traicionado. Los nuevos gobiernos conservadores no comprendieron, ni calcularon ni canalizaron el descontento popular. En 1922 el incipiente movimiento de los trabajadores se lanzó a una huelga -políticamente débil pro históricamente aleccionadora- cuyo desenlace ocurrió ese 15 de noviembre. El gobierno y los sectores poderosos reprimieron la protesta con extrema dureza. centenares de huelguistas fueron muertos a balazos y sus cadáveres arrojados a la ría del Guayas. El pueblo dolido, con sus maneras tristes y dulces de expresarse, echó sobre esa tumba de agua, casi oceánica, cientos de coronas de flores y cruces de palo que durante días quedaron flotando. Los muertos no se vieron; las cruces sí

La ilustre pensadora ecuatoriana María Augusta Veintimilla sostiene que el 15 de noviembre de 1922 marca un hito en el resquebrajamiento de la ideología liberal oligárquica, en el inicio de la autonomía del pensamiento obrero y en la posibilidad de penetración en Ecuador de las ideas socialistas y comunistas, que desde Europa recorrían el mundo.

En cuanto a la novela "Las cruces sobre el agua", es el intelectual Adrián Carrasco quien la define con mayor acierto y hace de ella la valoración más ajustada: "Novela total y completa, que biografía a un pueblo; documento socio-político excepcional, que plantea nuevos conceptos de nacionalidad, cultura el historia ecuatoriana. Novela y documento que toma al pueblo como verdadero protagonista; que propone una visión alternativa a la ambivalencia realidad/ficción que sostiene la cultura oficial; que rescata y pondera el idioma popular, el hablar de la gente, en contraposición al español académico y normalizado, al que enriquece; que siembra en la memoria colectiva la figura de líderes políticos e intelectuales como Eloy Alfaro, Concha, Montalvo...; que critica, sin contemplaciones, la debilidad del propio pueblo en su organización y dirección; que expresa el primer rechazo social a la impunidad de la violencia del Estado".